sábado, 23 de enero de 2016

DE ESE O







Deseo las palabras cuando son las adecuadas,
los momentos si son los oportunos
las prisas, solo cuando son por llegar.

El primer escalofrío del primer beso,
la lentitud de la caricia,
cualquier sonrisa, aunque sea velada.

Esos rescoldos de la lumbre que aún calientan
y un reloj tatuado que solo marque mi hora.

La frescura perdida de las flores
las ratoneras que nunca me cazaron

y el deseo, también lo deseo,
aunque venga acompañado por el mal augurio.

Las miradas de anhelo,
la inquietud de la esperanza que nunca es perdida,
y la tiza que al ser borrada, deja su rastro en la pizarra,
las nubes, si dejan que la luna se escape.

El olor de los zapatos nuevos y el del cuero viejo,

Por supuesto, las últimas consecuencias
los posos que deja algún pecado
y lo divino, si es imposible.

Deseo, el vuelo de la cometa,
el reflejo del agua mansa
y esa piedra donde tropiezo.

Saber soñar dentro de los sueños
y saber vivir fuera de ellos.

El olor de la menta y de los niños,
las tardes de lluvia y sillón,
escuchar el crepitar quejoso de la lumbre.

Deseo venenos que me maten un poco
y la redención de fierabrás y del arroz con leche.

El rocío en los zapatos
el árbol. aun siendo tronco caído,
el polvo añejo de los caminos,
la inmensidad de aquella era de mi infancia,
y esas bolas de nieve que alguna vez me lanzaron.

El despertar cuando es agradecido
el sabor salado de los abrazos
y el olor de las tormentas pasadas

Tragos largos de felicidad ajena
y la soledad si es pequeña.

Deseo lo que tengo,
lo que ya he perdido
y el futuro y su incertidumbre,
también lo deseo.




domingo, 17 de enero de 2016

Tu mirar.




Tendido en el sofá, navegando por el tedio que me proporciona esta pequeña sala, me encontré con una caja de fotografías viejas ya olvidadas.
Todas ellas me parecían ilusiones falaces de colores desvanecidos ya por los años.
En ellas vi escenas que ya nunca volveré a ver y eso me previno de que lo que hoy veo mañana ya tampoco lo veré.
Todas las imágenes, antiguas o nuevas, tienen un elemento común, no se definir cual es. Solo me ha quedado la constancia de que esas imágenes viejas, me han curado de esa ceguera que te impide ver lo que en el interior se siente, y ahora, después de tantos años, estoy empezando a ver.

Entre todas esas fotos, encontré una de especial relevancia. Al verla, sentí una especie de levitar interior difícil de explicar. Un escalofrío recorrió mi espalda al observar aquel rostro que nunca ha cambiado, al mismo tiempo, se llenó todo de su perfume y su caricia y se iluminó la habitación con esa luz tan placentera que esos ojos irradiaban, y que aún ahora siguen siendo igual de sugerentes y bellos..

Gracias a esa fotografía, comprendí que cuando amamos, amamos también en el recuerdo de cualquier tiempo porque el amor está en lo que vemos y en lo que no vemos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos, en el tiempo y en la distancia porque nuestra mayor fortuna es amar desde lo mas profundo.
Si no fuera así,  nadie entendería por qué cuando la mañana viene a llamar a mis cristales me descubre sumido en las sombras intentando dibujar tu imagen.




sábado, 16 de enero de 2016

Las trampas de esta vida.



Sin que valga de reproche, el pasado es una línea llena de escombros y me produce una enorme angustia que se filtra como el veneno de las pesadillas de este ser que ha tardado tanto tiempo en dirimir su propia conciencia.
Es como cuando uno tiene esa extraña sensación de padecer una enfermedad rara de esas que enseguida suscitan cierta prevención y recelo por el contagio.
Será simple  melancolía traída por tantos años de soledad y de duda, que deriva en penosos remordimientos engendrados por toda esa tristeza y derrotan de forma definitiva la jovialidad del antiguo carácter.
Este es el tipo de las trampas que nos va trayendo la vida.
Trampas que no se improvisan, uno las va construyendo con la constancia con que la vida se va imponiendo porque solo viviendo uno es capaz de complicarse la existencia. Si te quedas quieto y no asomas donde nadie te llama, el único peligro que se corre, es pudrirse solo.
Las trampas de la vida forman parte de un compromiso ineludible de vivirla, es condición obligada del vividor, la de vivir entrampado.


domingo, 10 de enero de 2016

Me llamo Luzbel y soy pecador.



Desgraciadamente, mis estudios dejaron mucho que desear y una vocación que fuese algo decente tampoco la supe encontrar nunca.
Tal vez fuera por eso, o porque mi madre, desde niño, me recriminaba mi falta de aptitud en la escuela augurando siempre un futuro lleno de desorden y arrebatos que incluso llegaba al umbral de la delincuencia, por lo que decidí hacerme pecador.
Tengo ya una larga trayectoria y por lo tanto, bastante experiencia en este empeño y he de confesar, que tampoco resulta fácil ejercer de pecador con dignidad.
Habrán ustedes observado que hay pecados que cometidos por una u otra persona, siendo sustancialmente los mismos, tienen, como diría yo, otra gracia.
Hay pecadores de distintos usos, maneras y costumbres, unos son pecadores de altos vuelos como por ejemplo los políticos, personajes que nunca buscan el perdón solo les interesa la absolución y hay otros que pecan sin interés o intención. Estos últimos lo hacen sin redención posible,  porque lo suyo viene acompañado de la necesidad y la necesidad a veces no tiene remedio alguno que la evite, La iglesia, sabe mucho de pecadores de culpas, de enmiendas y redenciones.
No está bien que yo lo diga, ya lo sé y ustedes no me van a malinterpretar, pero, como verán, hasta pecando hay que tener garbo, ya que la penitencia del pecado es bastante más agradecida en el pecador consecuente.
Será por eso que da más gusto perdonar al que pecó con todas las de la ley que al que lo hizo lleno de reticencias y pejigueras, si no, solo hay que mirar de que manera nuestro sistema judicial agrupa a tanto pecador notable en las estanterías más nobles de esta sociedad..
Tras tantos años de vida impía, administrando la transgresión, estoy convencido de que no podría ser feliz de otro modo.estoy seguro que he acertado en mi elección y sé que mi madre, viendo los tiempos que corren estaría orgullosa y feliz por tener un hijo delincuente y además, bien culpable.

Será que un servidor, a pesar de no ser un pecador demasiado complicado, peca de orgullo, también de ser arrogante y además altivo. Por eso, a pesar de mis deficiencias y vicios, me considero incapaz de perdonar ni absolver a nadie.

Créanme que estar al otro lado de la ley, consuela en parte mi soberbia, ya que nada hay peor que andar aguantando que le pequen a uno en la cara sin poder resarcir en parte la conciencia y la moral por haber pecado en lo posible y haber sido siempre de los primeros. 




La lasitud de las piedras



A veces me convierto en piedra y me conformo con eso, pero no debería ser suficiente ser quien se es cuando no se es nadie, ni pasar por la vida sin desenvolver siquiera el regalo del tiempo que queda desdeñado y perdido en esos momentos eternos, anclados en los relojes parados, como si fueran fotografías de memorias difusas ya sin dueño.
Tiempos mansos sin ningún requerimiento, ni la más mínima urgencia, tiempos donde tienen su morada el desdén de lo que no importa,  bajo ese cielo ponzoñoso de desidia espesa, que lo envuelve todo como una niebla de calma y apatía.
Esa es la lasitud de la piedra a la que no ofenderá nunca el caminante que la pisa, el agua que la moja ni el sol que la abrasa.