Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
Me gustaría hacer que los días fueran lo que yo quisiera que fuesen.
Ninguno tendría mañana, solo habría un eterno último día.
He aprendido que la palabra mañana es una mentira piadosa, un engaño. Trae uno y otro y otro día, y cada día que pasa tiene otro mañana.
Así, mientras espero, se irán borrando mis huellas en la demora del siguiente mañana que vendrá con otra nueva oferta, a sabiendas de que cada día acabado, se ahonda más mi sepultura.
Por eso, tiro mi suerte al tapete y dejo que el tiempo ruede hasta que se quiera detener.
Por ahora sólo despierto, peleo, peleo, peleo, peleo y sueño.
Tras apurar el último vaso de Bourbon, tuve la sensación de que la cabeza se me iba, como si el vacío de la noche hubiese entrado en ella hasta hacer desaparecer todo atisbo de conciencia, acarreando el sentimiento de que todo lo que pudiera quedar dentro de mi tan sólo fueran pérdidas. Huellas sin identidad que se degradan porque no remiten a recuerdo alguno, el vehemente frío de la Nada acaba sustituyendo a la inteligencia y a la memoria.
Cabeceo con la sensación de sueño a pesar de que la voluntad no ha sido borrada del todo. Es más similar al desaliento o la desgana que a veces me rinde como si fuera el único camino de aceptar una derrota mental y física como si la noche no fuera una mera ausencia, si no un campo de batalla donde debo luchar solo en una guerra mortal y silenciosa.
El oficio de pensar ha llegado a convertirse en un vicio del que no me puedo desprender. Me he convertido en un ser dependiente, en un penitente sufridor agobiado por la interminable presencia de ideas que fluyen como un río desbocado. Ideas que se superponen unas a otras hasta el infinito. Todas tienen la misma relevancia, y magnitud, todas prevalecen durante el mismo tiempo y no puedo obviar o descartar ninguna.
Pensamientos absolutos que parecen surgidos de la nada, pero haciendo un pequeño examen con algo de detenimiento y rigor, me doy cuenta que todos están enmarcados en límites muy estrechos.
La creatividad del cerebro se reduce simplemente a mezclar, trasponer, aumentar o disminuir todo aquello que los sentidos o la experiencia le suministra. Lo que nunca he llegado a comprender es qué puede mantener la atención fija en todos los pensamientos a la misma vez y los maneja con tan pasmosa facilidad.
Solo he encontrado un único sosiego, un remanso de paz, un único momento en que mi mente se queda en blanco, es cuando la velocidad aumenta, las curvas se cierran, la moto se tumba y se encienden todas las alarmas, es entonces cuando la adrenalina se dispara y me vacío por dentro como si mi espíritu me abandonara dejando mi cuerpo a merced de los instintos.
Ahora que ya soy viejo, cada vez me cuesta más ceder ante la llamada de ese instinto. Será que después de todos aquellos avatares que me reclamó la vida y a sabiendas de que ya está certificada su ruina lo más sensato es recobrar de una vez por todas y para siempre, el sueño, donde somos mas libres y mas inocentes.
Será por ese anhelo de soñar que cuando me monto en la moto, lo hago de manera improvisada sin método alguno, sin resolver ni siquiera mi destino.
He de reconocer que a mi regreso siempre me sorprendo. Lo encuentro todo ordenado y extraño, me asombro incluso hasta con las arrugas de las cortinas cuando en realidad, nada ha cambiado tan solo el viajero que retorna de ese lugar donde reina la incertidumbre y el riesgo de no volver.
Dormir con la ventana abierta me ha concedido uno de los más extraños regalos.
Esta mañana, tras ver como el aliento se cuajaba en el aire helado de la habitación, me he quedado disfrutando del dulce calor de las sábanas y he cerrado los ojos una y otra vez buscando este modesto bienestar que me ofrecía la cama caldeada.
El frío, como enemigo incomodo, humillaba toda piel desguarnecida y yo me ovillaba hacia adentro en ese minúsculo territorio que limita mi contorno para sentir de nuevo el intenso placer de lo absurdo.
Es un instante mágico, donde solo ceder de nuevo ante el sueño, a ser posible para siempre, sería lo más razonable después de tantos calvarios en esta vida que certifican su perdición; todo sería dado por recobrar esa parte de la vida que es el sueño, donde hay banderas de inocencia.
Ahora la ventana está cerrada, la cama deshecha el café caliente y las calles todavía heladas, esperando afuera.
Hace algún tiempo, voy escribiendo un diario, pero con una singularidad; lo hago a futuro, o si lo prefieren por adelantado.
Escribo pronosticando lo que haré o lo que me sucederá en las siguientes dos semanas, de esta manera me prevengo de aquellos acontecimientos desagradables o incómodos que pudiesen sobrevenir.
Les confieso que estoy algo preocupado; justamente, a partir de esta fecha, como presagio de mal agüero, aparecen ya en blanco todas las paginas del dichoso diario .
Lo que cuesta soñar, nadie lo sabe.
Unas veces, justo antes de despertar, sueño que me levanto mientras sigo dormido. Desde la nebulosa confusa del sueño, me veo tumbado sobre la cama con el único amparo de la desnudez y de la inconsciencia.
Contemplo durante algún tiempo el saqueo que los años hicieron a ese "yo" dormido, abandonado y antes de que la neblina del sueño se acabe, antes de volver a la realidad huyo por la ventana para evitar el retorno.
Despabilar del sueño, regresar a la consciencia del despertar, me cuesta un gran sacrificio; lo hago con la desazón del que está secuestrado, con el presentimiento de haber sido perseguido y de que debo continuar huyendo de algo o de alguien.
Curioso parentesco el del sueño y la muerte.
Con el paso de los años, la vida se nos va llenando de esos secretos de lo que no conviene; los mismos que la vergüenza oculta.
Aquellos a los que la edad todavía no ha logrado matar los guardamos celosamente. Una esquela es la tarjeta de crédito necesaria para deshacerse de ellos.
El tiempo es lo único que consigue robar a la muerte esta penuria de cuerpos derribados, como estatuas caídas, estos que nunca han logrado esconder del todo las heridas que los llevaran a su destrucción.
Todo lo que queda escrito en los renglones de la existencia es la fatiga de la conciencia intentando acomodarse a la vida que se lleva, por eso nunca perderemos nuestro propio rastro. Se deja, se olvida, se abandona, pero no se pierde del todo. Es como un vicio del que te liberas pero no te curas, como si nos hubiéramos creado una adicción a nuestro modo de ser.
La conciencia se nos llena de una culpa que tratamos de aparcar en la inopia o el limbo, donde el recuerdo no tiene el mínimo valor, pero la sospecha de su regreso (siempre improcedente), no deja de alertarnos.
Soy un pecador complicado. Conforme avanza la edad se van minando todas mis esperanzas de redención, y esto me produce una alteración amarga, equivalente a la del alcohol pero mucho más transitoria, como un decaimiento en un proceso febril o el roce de la arena en la piel cuando resbala con terrible aspereza.
A viejo nadie llega sin culpa, me dijo una vez un amigo, y tu serás un muerto con poco peso especifico.
Será cuestión de asumir esta irrelevancia hasta en el más allá y no dedicar esta vida a otro entretenimiento que el de echarse a perder.
A veces ya no hay razón.
Quedarán como polvo en el camino los pasados perdidos
de tantos muertos aún vivos.
No habrá trasegar de modestias ni humildades
todas quedarán ocultas bajo varias paladas de tierra,
como tumbas pendientes del olvidar.
La vida se deshace bajo la tierra
con el único amparo de esa verdad molesta
que se repite a cada paso:
"Solo uno es unidad
lo demás es todo exceso,
menos la muerte, que nunca sobra".
Las historias se entierran y desaparecen,
el tiempo desvanecerá la memoria.
Se perfilará el olvido de cada existencia.
Serán como gotas de agua caídas y disueltas en el mar.
Sólo alguna luz, como ave franca de nido,
retomará su vuelo con la esperanza
de encontrar ojos que la contemplen.
Querido amigo,
Hoy te he empezado a echar de menos.
Ya sé. No tengo que olvidar lo que tantas veces me has repetido.
Si; todos tenemos medidas y tiempos diferentes, fechas de caducidad distintas.
Además, este compromiso de vivir acaba para todos en el mismo destino sin variación posible.
Decías que la vida tiene mil pliegues donde permanecen escondidos los sentimientos; hoy, también me he dado cuenta de eso al desdoblar este primer amanecer del primer día sin tu compañía, al advertir que faltaban tus primeros "buenos días", al ver el hueco que ha dejado tu silueta esperándome frente a la puerta.
Esta mañana, me he sentido muy solo. Se me anudó la garganta, los ojos, ajenos a cualquier voluntad, se inundaron de amargura e inevitablemente me perdí por el valle del Tempe para traer hasta aquí laureles y recuerdos que tanto te mereces.
Amigo, siento de verdad tu marcha.
Es sobrecogedor despertar en la noche porque alguien llama con fuerza a la puerta. Retumban prevenidas todas las puertas, todas las camas, retumban también los cuerpos abandonados en este sueño de la vida. Quién será ese desconocido que te llama, qué quiere, qué busca. Es nuestro reflejo sobre el hielo intentando volver a entrar en nosotros.
Pero ya es tarde, hemos cambiado.
Su llave ya no puede abrir la cerradura de los cuerpos.
Hay cosas que cambian en pocos segundos, en el mismo instante en que apagamos la luz. Tal vez me reconozcas por viejas imágenes, yo ya no se quien soy.
Hombre alado no sabe volar,
tic-tac, tic-tac, tic-tac,
-canta el viejo reloj-
cura tus heridas una vez más,
tic-tac, tic-tac, tic-tac,
deja ya lo imposible pasar,
tic-tac, tic-tac, tic-tac,
si ya has perdido,
tic-tac, tic-tac, tic-tac,
solo gira dentro de la esfera
tic-tac, tic-tac, tic-tac,
el tiempo ya sabe donde irás.
tic-tac, tic-tac, tic-tac.