Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
Un día, no muy lejano, acabarás sabiendo lo que cuesta amanecer -me dijo el sol-.
Surge una extraña nostalgia por ese último día que vencieron las sombras. Se genera un desasosiego, una gran inquietud por afrontar la realidad de una vida, en la que todos los días comienzan y finalizan marcados por este rumbo donde no existe variación posible. Este, oeste, esplendor, declive, luz y sombra.
Cuando este desaliento llega, no es difícil enredarse entre las sabanas quedando ahí derrotado, con la mirada perdida en algún lugar de la habitación, que ya se habrá convertido en una estancia enorme y vacía.
Suena tu propia respiración como suspiro cansado y profundo, mientras un atormentado pensamiento retumba diciendo: "Otro día para nada".
Hace unos días regresé de un viaje que me había propuesto hace un par de años. Movido por la inquietud de lo que se podría llamar falsa juventud, quería ir a Cabo Norte en moto para visitar ese punto de tanta relevancia para los moteros; ver ese sol de medianoche y además, disfrutar de mi enrome moto, que siempre está lista para aceptar cualquier envite.
Antes de ayer acabé esta última propuesta y ahora saco unas conclusiones un tanto contrarias: Por un lado me siento orgulloso de haber conseguido superar un nuevo reto. Veo que hay pocas cosas imposibles para alguien que tiene bien merecido el mote que me pusieron en la escuela "Zumbao", y por otro lado, tengo la conciencia repleta de reproches por haber cedido tanto de mi tiempo libre y del placer que suscita cualquier viaje de una manera tan individualista.
Al empezar parecía una empresa casi imposible. Se consiguió con más esfuerzo y sacrificio del debido. Ahora, una vez terminado, no veo en este viaje otra cosa que no sea el sentimiento de lo que queda después de un sueño que no deja recuerdo, solo emoción.
No quiero restar mérito a esta pequeña gesta que uno hace, a sabiendas de que, en realidad, el viaje a Cabo Norte es un viaje que no lleva a ningún sitio. La principal pretensión del viaje (tal vez) es convencerse a uno mismo y en parte a los demás, de que aún no se es tan viejo como los años dictan.
Un viaje donde es imposible definir tanta belleza vista, se convierte en un viaje interior.
He visto parajes increíbles, luces extraordinarias, aguas rápidas como torbellinos y un mar de superficie tan inerte como un espejo.
Vi que el sol allí, no era capaz de alcanzar el horizonte y encontré los túneles fríos y eternos que imaginaba cuando era niño como los pasadizos que llevan al infierno.
También he visto a otros muchos moteros de distintas partes del mundo, con la juventud tan ajada como la mía. Personajes de años de indeterminada cercanía a la decrepitud y a la impotencia que trae la vejez, cabalgando en motos más o menos potentes, más o menos antiguas, de rugir bronco y seco.
Durante el viaje, he pasado frío, y calor, He sentido el vértigo de ir demasiado deprisa y también la desesperación de no acabar de llegar nunca, pero sobre todo, he podido hacer una de las cosas que más me gustan: Pensar.
He pensado muchas historias, muchas vidas, me he embelesado en un más allá de cualquier frontera racional, hasta el punto de olvidarme de las tangentes de las curvas, de medir la distancia en los adelantamientos, o de la obligada precaución de la frenada.
Uno llega a darse cuenta de que la propia vida se encarga de poner las cartas boca arriba cuando menos se piensa y en esos momentos el temple de unos y otros no suele ser el mismo.
Algunas veces me sentía como un bailarín disfrutando de una extraña danza sobre el asfalto en esa serpiente negra y retorcida, al son del sonido del aire y el motor.
Tumbar a la izquierda y luego a la derecha y vuelvo a tumbar a la izquierda, y de pronto la música sube su volumen en la recta que pasa volando y al fondo una afilada montaña y a mis pies un mar sin olas, todo ello envuelto por un cielo del azul más intenso y puro que se pueda imaginar.
Han sido 20 violentos días subido en una especie de arrebato, un vértigo divino durante tantas horas, que he llegado a creer que el tiempo era infinito.
He repasado muchas veces mi vida, y he aventurado un futuro, como siempre incierto, me he arrepentido de ser acreedor de una vanidad que me envilece y he lamentado con tesón todos mis grandes fracasos.
Al final, como siempre, todo concluye con la ponderación exagerada de mi chimenea y su lumbre en los días de invierno, de los paseos en vano, del placer de lo simple, y de esa sosegada sombra de una higuera en verano.
Nada hay tan amargo como la desorientación y el desvalimiento que se siente cuando uno ha apostado y ha perdido en este juego del querer y ser querido.
Es algo similar a un vacío, un desgarro interno, una herida profunda en el alma que aunque no acabe matándote, deja una marcada cicatriz.
Una cicatriz parecida a la de cualquier otra herida ordinaria, la diferencia es que esta cicatriz siempre permanecerá sensible supurando al menor roce, al menor afecto.
En este momento donde el abandono me espolea y me urge, tengo mucho miedo. Miedo a despertar, miedo a dormir, miedo a no darme cuenta de nada, miedo a ser feliz como un tonto, miedo a enterarme de todo incluso del dolor que causé, miedo a vivir solo, miedo a morir solo.
Aún sigo buscando esa esperanza de felicidad por cada uno de los rincones, y solo encuentro recuerdos tan dulces que amargan.
La busco y la busco, pero el tiempo va trayendo la decepción y el desengaño.
Al fin y al cabo, la felicidad no es el estado natural del hombre, es, más bien, un paso indeterminado por aquellas circunstancias que siempre producen escalofríos y vértigo cuando las recuerdas.
Hoy, la imaginación y sus mentiras tan sinceras, vienen para anudar hilos sueltos de esta realidad fragmentaria y caótica que no se ve deja ver cuando se mira.
Hoy he mirado lentamente como miro al camino por andar. al mirar he pensado: mañana caerá otra noche en el mar.
tan despacio como se empañan los cristales, miro y pienso en las cosas que no se acaban jamás porque ya las he mirado y no las he podido olvidar.
Fruto en semilla, que se desprende al azar de ese caos que hace el siempre, y el mañana, y el quizá.
Lo demás es del viento y de la espuma. Pero mi corazón en el tiempo sabe que la mirada va más allá.
Lentamente, como un paisaje
al quedar su historia en los ojos, con luz propia y virgen que da al recuerdo la forma perpetuamente fugaz del destino, y al instante otra luz interior de suprema verdad
que solo se refleja en la sonrisa
o en la lágrima.
Mientras los valles se cubren de dudosa claridad, hoy sueño,
y mis ojos ausentes de tiempo se recrean en la oscuridad de una ausencia como en la sombra de un templo sagradamente mortal.
Mirada tenebrosa, del primer origen de esta incesante soledad. Recuerdo que he mirado lejos ya del manantial, y bajo el puente la oscura corriente todavía se ve temblar.
El ser humano, por su naturaleza de insana sensatez, está avocado a no reconocer como cosa propia la felicidad. Será por las limitaciones que las religiones han ido esculpiendo a lo largo de la historia en el instinto humano al modificar el gen primitivo del animal que fuimos. Al final, nos han convencido de que solo se puede alcanzar la felicidad plena, tras la muerte; en esa vida eterna que los libros sagrados preconizan.
Así es como cualquier pretensión de felicidad terrenal se convierte en falacia, en una mentira, una lejana añoranza de un bien demasiado costoso o si lo prefieren demasiado ambicioso.
Para conseguir la felicidad, hay que olvidar todo precepto espiritual, y además, se requiere una pasión avariciosa acompañada por una adecuada competencia y sobre todo, debe ir sustentada por el deseo. No la regalan hay que disputarla a cada instante, hay que ganársela a uno mismo porque la lógica de nuestro razonamiento, generalmente nos atornilla al crucifijo del fracaso y del miedo. Miedo a no ser feliz y curiosamente, cuando uno cree que lo es, miedo a dejar de serlo.
A nadie se le ocurriría competir ni siquiera consigo mismo para vencer esos miedos o mejor dicho, con uno mismo menos que con nadie.
Para contrarrestar esta piadosa mentira religiosa, el hombre inventó otra; las máscaras del carnaval.
De esta manera nos transformamos en otros en lugar de ser uno mismo, aunque, a pesar de esas caretas, nunca se llegue a olvidar que la felicidad, si es verdadera, no es más que disposición de la mente y no una condicion impuesta por las circunstancias.
Es por esa simple razón, por la que desde hace algunos años decidí evitar en lo posible la variable de "la circunstancia" y desde entonces, me quedo solo con lo mínimo.
Con el miedo justo para poder aventurarme en empresas demasiado codiciosas, el tiempo me gusta que sea limitado, para no derrocharlo a lo tonto y si lo derrocho, hacerlo a sabiendas de que tengo derecho a la pesadumbre y el arrepentimiento.
Quiero las mínimas obligaciones, para no incumplir compromisos ´
Devociones muy pocas, o a ser posible ninguna para que no me impidan ensanchar al máximo la codicia de esta conciencia irracional, que consume sus días en busca de toda clase de satisfacciones, aunque sean ajenas.
Por supuesto, nunca olvido tener una locura siempre preparada por si me da la ventolera de disfrazarme de "loco de atar" y buscar esa salida hacia el lugar donde viven la pretensión de convertir sueños en voluntades junto a todos los otros locos propósitos excepto el de la enmienda.
Si hay una salida hacia la felicidad, por aquí tiene que estar.
Hoy he salido vestido de azul y verde en esta desubicación del pensamiento iracional que últimamente viene siendo en mi lo más habitual. Además me ha dado por pensar que debería revelar algunos secretos, pero solo revelaría esos que son mínimos aunque, dicho sea de paso, sean capaces de añadir una minúscula dosis de culpa con competencia para empequeñecer un poco más la propia conciencia.
Tal vez, debido a esta terca insistencia, sea hoy el día en que me atreva a hacer esa confesión
desinteresada, será este un instante sentimental engrandecido por el añadido de
alguna copa de más y una estúpida camisa verde puñeta que combina fatal con un pantalón añil intenso.
Bien pensado, esto pudiera ser tan solo un inútil e inservible gesto de pagamiento a uno mismo.
No sé muy bien que me pasa hoy, será patrimonio del
inconsciente, o esta ropa de hortera que llevo puesta, pero tengo ganas de escribir aunque evitaré cualquier porción de
sinceridad porque es fácil hasta para un tonto como yo, entender que delatarse a uno mismo, no viene a ser otra cosa más que dar un aliciente a
la estupidez.
Vamos, que no será un servidor quien deje una piel mudada como si fuera una de esas culebras
que abandonan sus viejas escamas con la naturalidad que les impone el
destino.
Dicho de otra manera, hasta aquí pueden ustedes leer.
No se trata de entender lo incomprensible
ni de rebuscar en el cajón de los cariños
por si hubiera una razón.
No es cuestión de cuestionar
Es consecuencia de la incongruencia del querer
y de aquello que nos une y nos enreda
en infinitas líneas del universo
Líneas con estrellas cuya luz,
esquiva toda la oscuridad del cosmos
y sin querer ofender, ofende.
Hace algún tiempo, que vengo a dar en sentir un temor que actúa como si fuera
un veneno circulando por mis venas. Una especie de cobardía que poco a poco
paraliza la torpeza de estos pasos que me llevan, a veces, a darme por vencido
con el mismo desaliento, con que lo haría un fugitivo harto de escapar.
Simplemente, con el caer y recaer en la obligación del vicio, aunque solo sea del tabaco, se hace perceptible ya, que poco a poco, la mala suerte va retrayendo la expectativa del deseo y que inexorablemente la desgracia va rellenando ese
espacio dejado por esos anhelos que los años y el mal augurio se han ido llevando. En
definitiva, el destino queda convertido en otro dato más de esa suma que siempre
sale negativa.
Tal vez, toda la culpa de estos malos sentimientos sea de las rutinas, que se adueñan cada cuatro o cinco años de mi y que llegan a pesar tanto que me hunden hasta que me ahogan.
Ahora ya hace cuatro años que llegué aquí y ya no encuentro cambios sustanciales. Veo que todo lo que hago, se ha convertido en rutina. Esta
rutina recurrente, que se hace, pero nunca se inventa.
A lo peor, pudiera ser esta carencia de voluntad por hacer o conocer, lo que determina que uno, al final, lo acabe achacando todo a su ineficiencia.
En estas horas bajas, solo me dejo llevar aunque reconozco que esa es la mejor
manera de no ir a ningún sitio. Sé también, que todo se puede justificar, pero no soy capaz de admitir una vida monótona. Al menos, eso es lo que digo para redimirme con esta
especie de comprensión benigna que genera la complicidad que siempre tuve conmigo mismo.
Pudieran ser solo horas bajas a las que también tengo derecho. Momentos
en que incluso, la ironía falla ante el espejo, aunque uno se haya visto en él
reflejado en ocasiones aún más duras.
A pesar de todo, he de admitir que nunca fui un hombre de muchos recursos, aunque bien es cierto, que siempre tuve más
suerte de la que merecía, y esa suerte es la que al cerrar los ojos cada noche, hace que en
el intervalo del sueño se fundan las ocupaciones de la conciencia y la
memoria y me traiga al recuerdo, esa mano que añoro cuando me roza el cuello o en el mejor
de los casos me acaricia la nuca, aunque algunas veces solo lo haga para medir la
distancia entre mis orejas y otras simplemente para indicar el lugar exacto donde la puntilla penetrara en su incisión
mortal.
La insistencia de
algunas ocasiones, es lo que mejor reconozco en mi vida y si este sueño se repite con alternancia y continuidad es porque echo de menos la lumbre de mi casa, el perro que me ladra y ese loro que me insulta desde la devoción y el cariño.
Mi vida al final es una reiteración como la de este sueño y sospecho que cada cuatro años, necesito cambiar de lugar, porque noto que ya nada es nuevo para mí. Veo que todo a mi alrededor tiene una vida
propia y monótona. Descubro que siempre paseo por las mismas calles, me encuentro con las mismas personas, e incluso utilizo las mismas palabras y lo peor, es que cuando me quedo completamente solo, empiezo a notar ese temblor seco del árbol caído.
Por eso sé que nada más me espera aquí. Me quedo con una mínima conciencia de lo pasado y con este último deambular de rumbo improvisado por lo que me da la gana, por el placer de lo que quiero, por la
dicha de lo que está más a mano y por la desdicha de esta rutina que se ha convertido en perdición sin remedio ni compañía.
La decisión está tomada, el azar del destino rueda de nuevo por el tapete para señalar otro punto distinto donde marchar para espantar esta apatía que aquí se está convirtiendo en hábito.
Ya no me es posible recordar nada con nitidez, casi todo
aparece en la memoria como incrustado en una neblina que difumina los matices
del antes y del después.
Solo sé que tengo frío cuando no recuerdo. Es un frío
intenso que no viene de fuera, es un frío que sale desde adentro, una especie
de escalofrío, de temblor que me quiebra la voluntad y de inmediato, abandono el intento de
cualquier evocación, lo dejo perdido tras esa niebla y me conformo con
arrastrar esa viscosidad pringosa que deja la sensación de haber querido y no
haber podido.
Es cierto que una persona aunque esté bien anclada ya a la cincuentena
no se puede considerar un viejo pero las limitaciones que me van viniendo
aceleran esas sensaciones y pervierten toda esperanza de futuro. Así es, y por
eso creo que ya estoy preparado para ocupar algún féretro.
Hay veces que Felipe Herrero, un amigo de la más tierna infancia, pero que desde que acabé la educación primaria, jamás volví a saber de él, se me presenta en sueños y me dice que cuando él falleció estaba
mucho mejor de lo que yo estoy ahora.
Dice que lo suyo, fue sin duda un macabro
descuido del destino que también comete errores a pesar de que el destino, nunca se arrepienta y siempre carga las culpas
de todo al libre albedrío y a la
improvisación del caos.
Felipe Herrero que falleció según me cuenta en los sueños, por ese descuido del destino y por un cólico tras comerse un kilo de queso, me asegura que el azar de cada uno no está escrito de
antemano ni tiene conciencia de a quién pertenece y que por eso algunas veces se puede equivocar al llamar a una u
otra puerta, pero nunca al utilizar la guadaña. Por eso nadie podrá decir que ha muerto ni un segundo antes o después de cuando le correspondía.
Siendo artífice como soy de varios de errores fatídicos o de una sucesión de
dislates importantes, que seguramente habrán afectado a otros, me identifico plenamente con el destino y sus descuidos, aunque prefiero callar esta parte, no por pudor o vergüenza,
tampoco por arrepentimiento. Más bien lo hago por no marcar diferencias
demasiado escandalosas, entre las vidas cotidianas y las irregulares.