Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
Hoy, la imaginación y sus mentiras tan sinceras, vienen para anudar hilos sueltos de esta realidad fragmentaria y caótica que no se ve deja ver cuando se mira.
Hoy he mirado lentamente como miro al camino por andar. al mirar he pensado: mañana caerá otra noche en el mar.
tan despacio como se empañan los cristales, miro y pienso en las cosas que no se acaban jamás porque ya las he mirado y no las he podido olvidar.
Fruto en semilla, que se desprende al azar de ese caos que hace el siempre, y el mañana, y el quizá.
Lo demás es del viento y de la espuma. Pero mi corazón en el tiempo sabe que la mirada va más allá.
Lentamente, como un paisaje
al quedar su historia en los ojos, con luz propia y virgen que da al recuerdo la forma perpetuamente fugaz del destino, y al instante otra luz interior de suprema verdad
que solo se refleja en la sonrisa
o en la lágrima.
Mientras los valles se cubren de dudosa claridad, hoy sueño,
y mis ojos ausentes de tiempo se recrean en la oscuridad de una ausencia como en la sombra de un templo sagradamente mortal.
Mirada tenebrosa, del primer origen de esta incesante soledad. Recuerdo que he mirado lejos ya del manantial, y bajo el puente la oscura corriente todavía se ve temblar.
El ser humano, por su naturaleza de insana sensatez, está avocado a no reconocer como cosa propia la felicidad. Será por las limitaciones que las religiones han ido esculpiendo a lo largo de la historia en el instinto humano al modificar el gen primitivo del animal que fuimos. Al final, nos han convencido de que solo se puede alcanzar la felicidad plena, tras la muerte; en esa vida eterna que los libros sagrados preconizan.
Así es como cualquier pretensión de felicidad terrenal se convierte en falacia, en una mentira, una lejana añoranza de un bien demasiado costoso o si lo prefieren demasiado ambicioso.
Para conseguir la felicidad, hay que olvidar todo precepto espiritual, y además, se requiere una pasión avariciosa acompañada por una adecuada competencia y sobre todo, debe ir sustentada por el deseo. No la regalan hay que disputarla a cada instante, hay que ganársela a uno mismo porque la lógica de nuestro razonamiento, generalmente nos atornilla al crucifijo del fracaso y del miedo. Miedo a no ser feliz y curiosamente, cuando uno cree que lo es, miedo a dejar de serlo.
A nadie se le ocurriría competir ni siquiera consigo mismo para vencer esos miedos o mejor dicho, con uno mismo menos que con nadie.
Para contrarrestar esta piadosa mentira religiosa, el hombre inventó otra; las máscaras del carnaval.
De esta manera nos transformamos en otros en lugar de ser uno mismo, aunque, a pesar de esas caretas, nunca se llegue a olvidar que la felicidad, si es verdadera, no es más que disposición de la mente y no una condicion impuesta por las circunstancias.
Es por esa simple razón, por la que desde hace algunos años decidí evitar en lo posible la variable de "la circunstancia" y desde entonces, me quedo solo con lo mínimo.
Con el miedo justo para poder aventurarme en empresas demasiado codiciosas, el tiempo me gusta que sea limitado, para no derrocharlo a lo tonto y si lo derrocho, hacerlo a sabiendas de que tengo derecho a la pesadumbre y el arrepentimiento.
Quiero las mínimas obligaciones, para no incumplir compromisos ´
Devociones muy pocas, o a ser posible ninguna para que no me impidan ensanchar al máximo la codicia de esta conciencia irracional, que consume sus días en busca de toda clase de satisfacciones, aunque sean ajenas.
Por supuesto, nunca olvido tener una locura siempre preparada por si me da la ventolera de disfrazarme de "loco de atar" y buscar esa salida hacia el lugar donde viven la pretensión de convertir sueños en voluntades junto a todos los otros locos propósitos excepto el de la enmienda.
Si hay una salida hacia la felicidad, por aquí tiene que estar.
Hoy he salido vestido de azul y verde en esta desubicación del pensamiento iracional que últimamente viene siendo en mi lo más habitual. Además me ha dado por pensar que debería revelar algunos secretos, pero solo revelaría esos que son mínimos aunque, dicho sea de paso, sean capaces de añadir una minúscula dosis de culpa con competencia para empequeñecer un poco más la propia conciencia.
Tal vez, debido a esta terca insistencia, sea hoy el día en que me atreva a hacer esa confesión
desinteresada, será este un instante sentimental engrandecido por el añadido de
alguna copa de más y una estúpida camisa verde puñeta que combina fatal con un pantalón añil intenso.
Bien pensado, esto pudiera ser tan solo un inútil e inservible gesto de pagamiento a uno mismo.
No sé muy bien que me pasa hoy, será patrimonio del
inconsciente, o esta ropa de hortera que llevo puesta, pero tengo ganas de escribir aunque evitaré cualquier porción de
sinceridad porque es fácil hasta para un tonto como yo, entender que delatarse a uno mismo, no viene a ser otra cosa más que dar un aliciente a
la estupidez.
Vamos, que no será un servidor quien deje una piel mudada como si fuera una de esas culebras
que abandonan sus viejas escamas con la naturalidad que les impone el
destino.
Dicho de otra manera, hasta aquí pueden ustedes leer.
No se trata de entender lo incomprensible
ni de rebuscar en el cajón de los cariños
por si hubiera una razón.
No es cuestión de cuestionar
Es consecuencia de la incongruencia del querer
y de aquello que nos une y nos enreda
en infinitas líneas del universo
Líneas con estrellas cuya luz,
esquiva toda la oscuridad del cosmos
y sin querer ofender, ofende.
Hace algún tiempo, que vengo a dar en sentir un temor que actúa como si fuera
un veneno circulando por mis venas. Una especie de cobardía que poco a poco
paraliza la torpeza de estos pasos que me llevan, a veces, a darme por vencido
con el mismo desaliento, con que lo haría un fugitivo harto de escapar.
Simplemente, con el caer y recaer en la obligación del vicio, aunque solo sea del tabaco, se hace perceptible ya, que poco a poco, la mala suerte va retrayendo la expectativa del deseo y que inexorablemente la desgracia va rellenando ese
espacio dejado por esos anhelos que los años y el mal augurio se han ido llevando. En
definitiva, el destino queda convertido en otro dato más de esa suma que siempre
sale negativa.
Tal vez, toda la culpa de estos malos sentimientos sea de las rutinas, que se adueñan cada cuatro o cinco años de mi y que llegan a pesar tanto que me hunden hasta que me ahogan.
Ahora ya hace cuatro años que llegué aquí y ya no encuentro cambios sustanciales. Veo que todo lo que hago, se ha convertido en rutina. Esta
rutina recurrente, que se hace, pero nunca se inventa.
A lo peor, pudiera ser esta carencia de voluntad por hacer o conocer, lo que determina que uno, al final, lo acabe achacando todo a su ineficiencia.
En estas horas bajas, solo me dejo llevar aunque reconozco que esa es la mejor
manera de no ir a ningún sitio. Sé también, que todo se puede justificar, pero no soy capaz de admitir una vida monótona. Al menos, eso es lo que digo para redimirme con esta
especie de comprensión benigna que genera la complicidad que siempre tuve conmigo mismo.
Pudieran ser solo horas bajas a las que también tengo derecho. Momentos
en que incluso, la ironía falla ante el espejo, aunque uno se haya visto en él
reflejado en ocasiones aún más duras.
A pesar de todo, he de admitir que nunca fui un hombre de muchos recursos, aunque bien es cierto, que siempre tuve más
suerte de la que merecía, y esa suerte es la que al cerrar los ojos cada noche, hace que en
el intervalo del sueño se fundan las ocupaciones de la conciencia y la
memoria y me traiga al recuerdo, esa mano que añoro cuando me roza el cuello o en el mejor
de los casos me acaricia la nuca, aunque algunas veces solo lo haga para medir la
distancia entre mis orejas y otras simplemente para indicar el lugar exacto donde la puntilla penetrara en su incisión
mortal.
La insistencia de
algunas ocasiones, es lo que mejor reconozco en mi vida y si este sueño se repite con alternancia y continuidad es porque echo de menos la lumbre de mi casa, el perro que me ladra y ese loro que me insulta desde la devoción y el cariño.
Mi vida al final es una reiteración como la de este sueño y sospecho que cada cuatro años, necesito cambiar de lugar, porque noto que ya nada es nuevo para mí. Veo que todo a mi alrededor tiene una vida
propia y monótona. Descubro que siempre paseo por las mismas calles, me encuentro con las mismas personas, e incluso utilizo las mismas palabras y lo peor, es que cuando me quedo completamente solo, empiezo a notar ese temblor seco del árbol caído.
Por eso sé que nada más me espera aquí. Me quedo con una mínima conciencia de lo pasado y con este último deambular de rumbo improvisado por lo que me da la gana, por el placer de lo que quiero, por la
dicha de lo que está más a mano y por la desdicha de esta rutina que se ha convertido en perdición sin remedio ni compañía.
La decisión está tomada, el azar del destino rueda de nuevo por el tapete para señalar otro punto distinto donde marchar para espantar esta apatía que aquí se está convirtiendo en hábito.
Ya no me es posible recordar nada con nitidez, casi todo
aparece en la memoria como incrustado en una neblina que difumina los matices
del antes y del después.
Solo sé que tengo frío cuando no recuerdo. Es un frío
intenso que no viene de fuera, es un frío que sale desde adentro, una especie
de escalofrío, de temblor que me quiebra la voluntad y de inmediato, abandono el intento de
cualquier evocación, lo dejo perdido tras esa niebla y me conformo con
arrastrar esa viscosidad pringosa que deja la sensación de haber querido y no
haber podido.
Es cierto que una persona aunque esté bien anclada ya a la cincuentena
no se puede considerar un viejo pero las limitaciones que me van viniendo
aceleran esas sensaciones y pervierten toda esperanza de futuro. Así es, y por
eso creo que ya estoy preparado para ocupar algún féretro.
Hay veces que Felipe Herrero, un amigo de la más tierna infancia, pero que desde que acabé la educación primaria, jamás volví a saber de él, se me presenta en sueños y me dice que cuando él falleció estaba
mucho mejor de lo que yo estoy ahora.
Dice que lo suyo, fue sin duda un macabro
descuido del destino que también comete errores a pesar de que el destino, nunca se arrepienta y siempre carga las culpas
de todo al libre albedrío y a la
improvisación del caos.
Felipe Herrero que falleció según me cuenta en los sueños, por ese descuido del destino y por un cólico tras comerse un kilo de queso, me asegura que el azar de cada uno no está escrito de
antemano ni tiene conciencia de a quién pertenece y que por eso algunas veces se puede equivocar al llamar a una u
otra puerta, pero nunca al utilizar la guadaña. Por eso nadie podrá decir que ha muerto ni un segundo antes o después de cuando le correspondía.
Siendo artífice como soy de varios de errores fatídicos o de una sucesión de
dislates importantes, que seguramente habrán afectado a otros, me identifico plenamente con el destino y sus descuidos, aunque prefiero callar esta parte, no por pudor o vergüenza,
tampoco por arrepentimiento. Más bien lo hago por no marcar diferencias
demasiado escandalosas, entre las vidas cotidianas y las irregulares.
Hasta la fecha ha sido difícil este no morir y estoy seguro de que a estas alturas a pesar de mis esfuerzos ya ocuparé los lugares para mi reservados en el escalafón de muertos enterrados en el olvido de personas con las que algún día me crucé por este mundo.
Esto de ser muerto, no es una cosa que me agrade, pero tampoco me disgusta. Lo digo con resignación pero sin conformismo alguno.
Bien es cierto que ahora puedo hablar, porque me ampara la evidencia de generar sombras que se mueven. Aunque unas veces sean más claras y otras más oscuras.
Será defecto de este animal haber ocupado demasiados espacios ajenos en todos estos años vividos. Unos espacios, donde las huellas que un día quedaron marcadas, van siendo borradas por el paso del tiempo, aunque siempre quede un poso de nostalgia o melancolía capaz de conformar un mínimo recuerdo, que a veces nos cae sin motivo alguno.
En mi vida ha habido demasiadas mudanzas, tantas despedidas que al final uno llega a aprender que cuando se marcha, lo mejor es despedirse a sabiendas de que ya nunca se va a volver, que cualquier reincidencia, es una pequeña prorroga en la agonía de lo inevitable.
La experiencia con todos mis buenos amigos, me dice que es mejor acabar con toda esperanza de continuidad en este punto donde la separación hace insostenible la amistad.
Con ese sentimiento me he despedido siempre y ayer me toco de nuevo hacerlo. Esta vez de un amigo con el que cené porque hoy se marchaba a vivir a Italia.
Cuando nos despedimos, le abracé conmovido por ese enorme sentimiento de perdida que uno siente ante lo definitivo, Ante sus promesas y rogativas de visitas y encuentros evité ser sincero.
Evité decirle, que ya no sería lo mismo. Que lo mejor sería conformarse con lo que nos queda sin quebrantarlo con apósitos añadidos.
Simplemente dije, "ya veremos".
Lo cierto, es que ya nunca me volverá a parecer que sea tan tarde a las nueve y media, como ayer a las nueve y media.
Teníamos una casa situada en las afueras del pueblo, en un pequeño prado, Una casa orientada a la sombra de un manzano que plantó mi abuelo.
Un manzano, que aparece en multitud de fotos de mi infancia porque siempre estuvo ahí, en mitad del prado, incluso antes de que se construyera la casa.
En la niñez donde todo se engrandece, me parecía extraordinariamente alto, aunque según fueron pasando los años, mientras yo crecía, el árbol conservaba siempre la misma altura hasta que llegó un día en que me dejó de parecer tan grande.
Tenía una amplia copa que administraba sombra y sosiego en las horas más quietas y tórridas del verano y también tenía un columpio, donde solo vi mecerse años de abulia y apatía.
El árbol nos daba cientos de manzanas pequeñas, verdes y duras que a penas comíamos. Mi abuelo las recogía y amontonaba en el garaje hasta que poco a poco empezaban a estropearse. Solo entonces, se las echaba a las gallinas.
Cuando eramos niños, recuerdo como mi abuelo nos llevaba a todos los hermanos hasta su manzano. Allí, bajo su sombra,nos contaba fabulosos sucesos que oíamos embelesados. Se sentaba apoyando la espalda contra su tronco, liaba un cigarro y comenzaba unas historias que casi siempre giraba en torno a ese árbol. Como, por ejemplo, la del día en el que encontró entre sus ramas un pequeño nido con tres huevos, dos verdes y uno azul, se los llevó e incubó durante una semana y de ellos salieron dos culebras y un cuco. Otra trataba de un zorro que venía a comerse las manzanas porque al ser tan viejo se le habían caído casi todos los dientes y sin dientes ya no podía cazar ni gallinas, o la historia de la garduña glotona a la que le gustaba tanto comer ratones que por las noches venía a meterse en un agujero del árbol y por arte de magia, se transformaba en lechuza para poder seguir cazándolos toda la noche.
Un buen día, mi abuelo nos dijo que el manzano tenía una enfermedad producida por un hongo llamado Botryosphaeria.
Una plaga que trasformaba el verde de sus hojas en un marrón blanquecino y hacía que las ramas se quebraran con facilidad.
Desde ese día, veía a mi abuelo dar vueltas en torno al árbol, recogiendo una hoja de vez en cuando que observaba con tristeza para después dejarla caer de nuevo al suelo. Miraba y acariciaba su tronco sin atreverse a decirle nada, por ese sentido del ridículo que tienen tan incrustado los hombres de campo.
Los observaba desde la cocina. Allí, en mitad del prado estaban los dos, hombre y árbol.
En ese momento me empezó a invadir una terrible angustia, al pensar que en la siguiente foto, alguno de los dos ya no estaría.