Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
Desde este infinito mar de lágrimas, te amo, pasas por mis recuerdos igual que se pasa por una casa en ruinas. Ante mi abandono se alza único y aislado un viejo panorama de paisajes sin luna: luces suaves que nacen cada madrugada, personas tristes, niebla en las glorietas. ese cansancio azul de habitaciones alquiladas donde alguien habrá muerto alguna vez. No deberían pasar, los últimos días, tan despacio.
Vendrán las lluvias, crecerá la nostalgia como crece el amor. Alguien recordará, seguramente, un invierno del setenta y nueve y esa larga primavera del ochenta y seis.
En algunas ocasiones cuando me sumerjo en el abatimiento, recurro a ese suspiro de aire rancio guardado en el montón de fotografías almacenadas con absoluto desorden en la memoria del teléfono. Sin saber como, en un determinado instante, me veo perdido dentro de los recuerdos que atesora la lata redonda de galletas, donde mi madre guardaba las suyas.
Siento como mi memoria queda encadenada a la melancolía de lo que inexcusablemente se va haciendo visible en el alma de cada fotografía allí guardada.
Son encuentros entre silencios y la voz propia que sale de las profundidades de esta memoria compuesta por luces, destellos,...., ilusiones.
Una revelación, un puente sobre un abismo de tiempo que nunca se ha llegado a detener como se detuvo en los instantes que quedaron ahí grabados y que aún puedo recordar.
Veo la escenografía de un sentimiento al compás de unas emociones, veo a mi padre con una gabardina blanca buscando los fondos mas vistosos para retratarnos con su Voiglander.
Las escenas inmutables en el tiempo son un poderoso médium que nos lleva a otro lado de la vida.
Tal vez sea esta manera que cada uno tiene de mirar, de ver el pasado, una parte fundamental de lo que somos y nos permite seguir atrapados en ese pasado, en ese mundo de blanco y negro donde nos convertimos en pequeñas presencias, en seres menguantes, aunque también vivamos inmutables, sin penas, redimidos de todo pecado. Congelados en el otro lado de la vida, de donde ya no se vuelve.
Sabes que ya nunca escucharás aquello que siempre quisiste oír.
Buscas por todas partes lo que jamás vas a encontrar.
Llegaste demasiado lejos navegando por ese mar de olas suaves, que te mece y te arrastra al interior del océano, en un velero con bandera de soledad.
Y si en ese rumbo incierto, con todas sus horas y días a la deriva de una vida incompleta,
abandonas el velero,
dará igual que tu mano no acaricie el mar,
más allá del destino, verás permanecer la silueta del barco abandonado
por un naufrago voluntario rendido a la sentencia que pone todas las cosas en su sitio.
Serás el que debías ser, ese que ya nadie necesita.
Con casi todo en esta vida perdido,
mucho más de lo debido.
Lo que me habéis quitado,
es lo que menos falta os hacía,
lo que más os sobraba.
Me habéis dejado en esta cueva,
donde solo encuentro apego a la soledad de este mar de desidia,
y estas cuatro cosas materiales que corresponden a una vida ensimismada.
Ya no hay nada que pueda complacer ninguna apetencia,
no pretendo nada y si hubiera una mínima tentación,
la privación es mi único anhelo.
Esta flagelación, no es más que un castigo infringido.
Un sufrimiento desbocado, que me traslada al sitio de la infelicidad,
el único lugar donde se puede penar la culpa.
Aburrirse es una forma de cansancio, una suerte de desánimo vital que incrementa el desaliento mientras el tiempo según pasa nos va robando las ilusiones más intimas.
Este tedio y otros desastres han ido deteriorando los sentimientos y junto con la excesiva precariedad de los afectos, han acabado convirtiéndome en una especie de viudo anticipado al que todos los días cuando despierta, el primer fulgor que le viene a la cabeza le atormenta con la monserga de unos obcecados pensamientos que reclaman a esta vida lo poco que merece la pena, que solo son un par de cosas que al fin y al cabo, la edad ha acabado extirpando.
La edad que ahora me permite dilucidar muchas cosas y el tiempo me van haciendo reconsiderar todas las advertencias que manda la experiencia a través del recuerdo.
Todo esto, sin que haya perdón en todos los años que queden por venir. Perdonar, no es más que un gasto moral de desprendimiento y generosidad que sin una voluntad por seguir queriendo nunca liberará las asperezas de la incomprensión, por mucho que se intente transgredir la línea de lo razonable, no matará nunca el rencor.
Por fin he visto mi retrato pintado. Soy un padre pordiosero que recoge los pedazos de sus hijos con la devoción del mendigo, siendo la limosna de esos pedazos lo poco que alguna vez me hace sentir virtuoso.
Lo mejor, tal vez sea desaparecer o vivir escondido para seguir viviendo, evitar todo reconocimiento, determinar incluso que si no pudiera desaparecer, que sea todo lo demás lo que esté desaparecido.
En lo olvidado no cabe ni rencor ni perdón posible.
Como un faro muerto
la figura de un ser abatido,
se perfila en el horizonte.
Pasos lentos
llenos de calma,
sombra perdida entre las sombras.
Dueño solo de una tristeza.
Sin buscar,
sin voluntad o deseo de encontrar.
Una ventana,
solo una entre todas las ventanas
desde donde nunca le observa la esperanza.
Después, vuelve a su deambular sin rumbo
mientras la última plenitud de luna
se va escapando,
como se escapa la noche
y la vida,
y el brillo de esos ojos
cegados porque le han olvidado.