Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
Dicen que el aburrimiento mata, y eso debe ser cierto, porque en estas horas de tedio y desgana, me ha dado por elucubrar historias insustanciales y huecas a sabiendas de que el único beneficio que generan, es una humilde lástima por este futuro que me espera y que cada vez, ocupa con más holgura los espacios propios de la inquietud.
En esta tarde desorientada, una única obsesión ocupa mi cabeza . Hoy, me gustaría saber como sería mi entierro.
Procuraría ser un muerto un poco más ejemplar de lo que he sido hasta ahora.
No se me ocurre nada más adecuado que un velatorio animado, con gente que se divierta contando esos chascarrillos y chistes propios para estas ocasiones.
Total, para un último día que se está de cuerpo presente, es preferible hacerlo con la mejor disposición posible.
Hay gente que me gustaría que estuviera y también otra que no.
No me gustaría ver por allí a mi madre. Andaría como una penitente, muy angustiada llorando todo el rato y no me gusta ver a mi madre llorar, pero mis hermanos si me gustaría tenerlos de velatorio. A los dos. En caso de tener que determinar alguna propuesta o resolver algún imprevisto, la eternidad en su resolución, no se apiadaría de mí y llegaría de cuerpo presente y sin enterrar hasta el juicio final.
No me gustaría que estuviera la única mujer que lo fue de mi vida. Es que una vez difunto, ya no sería la mujer de mi vida y siendo yo ya un muerto, no podría decir "te quiero". Me vería obligado a resucitar, pero me han dicho que la resurrección entraña un altísimo coste que un muerto primerizo no se puede permitir.
Mis hijos si deberían venir a despedirse, no por el qué dirán, que también, sino por enmendar alguna de esas otras despedidas que solventaron con un adiós menguado por el "ya vendrá".
Debería haber algunos amigos, no muchos, solo los que hacen que sea capaz de recordar dentro de su memoria.
Charly, mi perro, tendría allí su hueco, hasta que empezara a ponerse pesado con los invitados.
Mi loro Cosme, no tengo muy claro si preferiría verle por allí o en su higuera ajeno a mi defunción. Es que últimamente me ha cogido manía y en cuanto me descuido me pica los pies.
Siendo cadáver no veo posibilidad de defenderme de este pájaro traicionero, aún así, le dejaría que se quedara, al menos un rato, siempre que se cuidara de acercarse a mis pies, de decir impertinencias y guardara la compostura y el respeto debido.
Pondría música de la buena, unas cuantas baladas heavys, algo de Soul y mucho Blues.
Habría dispuestas unas botellas de vino blanco o rosado, unos platos con avellanas y almendras, montoncitos de regaliz y por si acaso unas onzas de chocolate.
Unos cuencos de arroz con leche con mucha canela, también un par de botellas de Jack Daniels y una cafetera llena de café espeso y negro como a mi me gusta. y por supuesto una tetera con Earl Grey tea (pero el que se pone en el colador, no el de las bolsitas).
Algunos cigarros (pero pocos), solo los que más me gustan, esos que acostumbraba a fumar tumbado en el tejado las noches de luna y estrellas.
En las paredes, colgadas unas pocas fotos. Lógicamente, una pequeña selección entre todas las que hice. Serían unas fotos sin localización concreta ni fecha determinada.
Unos las mirarán con interés y otros ni siquiera las verían pero algo de mi estaría en cada una de ellas observándolos a todos.
Dejaré unas zapatillas al lado de la entrada, mirando hacia la calle, como si quisieran ir a correr. También estaría por allí en medio mi Mondraker con sus mas de 40.000 km a cuestas y si la encontrara, me gustaría, llevar puesta la boina que perdí hace tiempo.
Después, cuando todos se hubieran marchado, sacaría tiempo de algún lado para comprobar que todos mis reproches a tanta soledad, no tenían base ni fundamento, Nunca se está realmente solo hasta que se tiene la certidumbre de que nunca se dejará de estarlo.
A un muerto, solo le queda tiempo y soledad.
Tiempo para estar solo, soledad para recordar hasta las historias más insustanciales y huecas, a sabiendas de que el único beneficio que generan, es una humilde lástima por este pasado que cada vez ocupa con más holgura todos los espacios......
La luna esta llena y yo la observo en su movimiento con la añoranza de seguirla, pero tengo que parar, estoy cansado, eso es todo.
Antes de detenerme, aun queda tiempo de recrearse en el trayecto recorrido.
Un largo itinerario que fue de lo más interesante, pasó por penas y alegrías, sufrimientos y placeres. Muchos recuerdos (buenos y malos) que aún en la distancia, se mantienen.
Me entristece saber que al llegar a la última parada, solo nos queda esa obligación a la que todos estamos sometidos, de tener que dejar la maleta de los recuerdos, en la consigna del olvido.
Como todo en este mundo, la memoria tienen su propia obsolescencia y desaparecerá irremediablemente al llegar a esa última estación llamada Nada, a donde todos los caminos llegan y desde donde ninguno parte.
No se puede decir que este periplo haya sido ni largo, ni corto, finaliza justo cuando el espíritu del viajero se empieza a resentir. La velocidad va descendiendo paulatinamente hasta que entra el vértigo del la quietud y la calma.
No se encuentran alternativas que superen lo ya recorrido ni se tiene intención de buscar otros parajes que aventajen en algo a los que ya se conocen.
Es hora de enterrar aspiraciones y proyectos. Dejar que pase el tiempo, que, al fin y al cabo, también es un viaje de inevitables paradas: antes, después. Ahora, nunca. Principio, fin.
En algún momento el viajero se sentirá perdido o desorientado ya que el sosiego de la quietud no es su hábitat natural, aún así el viaje continua por sendas de recelo y alarma.
Es el miedo a permanecer, el miedo a seguir.
Un día, no muy lejano, acabarás sabiendo lo que cuesta amanecer -me dijo el sol-.
Surge una extraña nostalgia por ese último día que vencieron las sombras. Se genera un desasosiego, una gran inquietud por afrontar la realidad de una vida, en la que todos los días comienzan y finalizan marcados por este rumbo donde no existe variación posible. Este, oeste, esplendor, declive, luz y sombra.
Cuando este desaliento llega, no es difícil enredarse entre las sabanas quedando ahí derrotado, con la mirada perdida en algún lugar de la habitación, que ya se habrá convertido en una estancia enorme y vacía.
Suena tu propia respiración como suspiro cansado y profundo, mientras un atormentado pensamiento retumba diciendo: "Otro día para nada".
Hace unos días regresé de un viaje que me había propuesto hace un par de años. Movido por la inquietud de lo que se podría llamar falsa juventud, quería ir a Cabo Norte en moto para visitar ese punto de tanta relevancia para los moteros; ver ese sol de medianoche y además, disfrutar de mi enrome moto, que siempre está lista para aceptar cualquier envite.
Antes de ayer acabé esta última propuesta y ahora saco unas conclusiones un tanto contrarias: Por un lado me siento orgulloso de haber conseguido superar un nuevo reto. Veo que hay pocas cosas imposibles para alguien que tiene bien merecido el mote que me pusieron en la escuela "Zumbao", y por otro lado, tengo la conciencia repleta de reproches por haber cedido tanto de mi tiempo libre y del placer que suscita cualquier viaje de una manera tan individualista.
Al empezar parecía una empresa casi imposible. Se consiguió con más esfuerzo y sacrificio del debido. Ahora, una vez terminado, no veo en este viaje otra cosa que no sea el sentimiento de lo que queda después de un sueño que no deja recuerdo, solo emoción.
No quiero restar mérito a esta pequeña gesta que uno hace, a sabiendas de que, en realidad, el viaje a Cabo Norte es un viaje que no lleva a ningún sitio. La principal pretensión del viaje (tal vez) es convencerse a uno mismo y en parte a los demás, de que aún no se es tan viejo como los años dictan.
Un viaje donde es imposible definir tanta belleza vista, se convierte en un viaje interior.
He visto parajes increíbles, luces extraordinarias, aguas rápidas como torbellinos y un mar de superficie tan inerte como un espejo.
Vi que el sol allí, no era capaz de alcanzar el horizonte y encontré los túneles fríos y eternos que imaginaba cuando era niño como los pasadizos que llevan al infierno.
También he visto a otros muchos moteros de distintas partes del mundo, con la juventud tan ajada como la mía. Personajes de años de indeterminada cercanía a la decrepitud y a la impotencia que trae la vejez, cabalgando en motos más o menos potentes, más o menos antiguas, de rugir bronco y seco.
Durante el viaje, he pasado frío, y calor, He sentido el vértigo de ir demasiado deprisa y también la desesperación de no acabar de llegar nunca, pero sobre todo, he podido hacer una de las cosas que más me gustan: Pensar.
He pensado muchas historias, muchas vidas, me he embelesado en un más allá de cualquier frontera racional, hasta el punto de olvidarme de las tangentes de las curvas, de medir la distancia en los adelantamientos, o de la obligada precaución de la frenada.
Uno llega a darse cuenta de que la propia vida se encarga de poner las cartas boca arriba cuando menos se piensa y en esos momentos el temple de unos y otros no suele ser el mismo.
Algunas veces me sentía como un bailarín disfrutando de una extraña danza sobre el asfalto en esa serpiente negra y retorcida, al son del sonido del aire y el motor.
Tumbar a la izquierda y luego a la derecha y vuelvo a tumbar a la izquierda, y de pronto la música sube su volumen en la recta que pasa volando y al fondo una afilada montaña y a mis pies un mar sin olas, todo ello envuelto por un cielo del azul más intenso y puro que se pueda imaginar.
Han sido 20 violentos días subido en una especie de arrebato, un vértigo divino durante tantas horas, que he llegado a creer que el tiempo era infinito.
He repasado muchas veces mi vida, y he aventurado un futuro, como siempre incierto, me he arrepentido de ser acreedor de una vanidad que me envilece y he lamentado con tesón todos mis grandes fracasos.
Al final, como siempre, todo concluye con la ponderación exagerada de mi chimenea y su lumbre en los días de invierno, de los paseos en vano, del placer de lo simple, y de esa sosegada sombra de una higuera en verano.
Nada hay tan amargo como la desorientación y el desvalimiento que se siente cuando uno ha apostado y ha perdido en este juego del querer y ser querido.
Es algo similar a un vacío, un desgarro interno, una herida profunda en el alma que aunque no acabe matándote, deja una marcada cicatriz.
Una cicatriz parecida a la de cualquier otra herida ordinaria, la diferencia es que esta cicatriz siempre permanecerá sensible supurando al menor roce, al menor afecto.
En este momento donde el abandono me espolea y me urge, tengo mucho miedo. Miedo a despertar, miedo a dormir, miedo a no darme cuenta de nada, miedo a ser feliz como un tonto, miedo a enterarme de todo incluso del dolor que causé, miedo a vivir solo, miedo a morir solo.
Aún sigo buscando esa esperanza de felicidad por cada uno de los rincones, y solo encuentro recuerdos tan dulces que amargan.
La busco y la busco, pero el tiempo va trayendo la decepción y el desengaño.
Al fin y al cabo, la felicidad no es el estado natural del hombre, es, más bien, un paso indeterminado por aquellas circunstancias que siempre producen escalofríos y vértigo cuando las recuerdas.
Hoy, la imaginación y sus mentiras tan sinceras, vienen para anudar hilos sueltos de esta realidad fragmentaria y caótica que no se ve deja ver cuando se mira.
Hoy he mirado lentamente como miro al camino por andar. al mirar he pensado: mañana caerá otra noche en el mar.
tan despacio como se empañan los cristales, miro y pienso en las cosas que no se acaban jamás porque ya las he mirado y no las he podido olvidar.
Fruto en semilla, que se desprende al azar de ese caos que hace el siempre, y el mañana, y el quizá.
Lo demás es del viento y de la espuma. Pero mi corazón en el tiempo sabe que la mirada va más allá.
Lentamente, como un paisaje
al quedar su historia en los ojos, con luz propia y virgen que da al recuerdo la forma perpetuamente fugaz del destino, y al instante otra luz interior de suprema verdad
que solo se refleja en la sonrisa
o en la lágrima.
Mientras los valles se cubren de dudosa claridad, hoy sueño,
y mis ojos ausentes de tiempo se recrean en la oscuridad de una ausencia como en la sombra de un templo sagradamente mortal.
Mirada tenebrosa, del primer origen de esta incesante soledad. Recuerdo que he mirado lejos ya del manantial, y bajo el puente la oscura corriente todavía se ve temblar.
El ser humano, por su naturaleza de insana sensatez, está avocado a no reconocer como cosa propia la felicidad. Será por las limitaciones que las religiones han ido esculpiendo a lo largo de la historia en el instinto humano al modificar el gen primitivo del animal que fuimos. Al final, nos han convencido de que solo se puede alcanzar la felicidad plena, tras la muerte; en esa vida eterna que los libros sagrados preconizan.
Así es como cualquier pretensión de felicidad terrenal se convierte en falacia, en una mentira, una lejana añoranza de un bien demasiado costoso o si lo prefieren demasiado ambicioso.
Para conseguir la felicidad, hay que olvidar todo precepto espiritual, y además, se requiere una pasión avariciosa acompañada por una adecuada competencia y sobre todo, debe ir sustentada por el deseo. No la regalan hay que disputarla a cada instante, hay que ganársela a uno mismo porque la lógica de nuestro razonamiento, generalmente nos atornilla al crucifijo del fracaso y del miedo. Miedo a no ser feliz y curiosamente, cuando uno cree que lo es, miedo a dejar de serlo.
A nadie se le ocurriría competir ni siquiera consigo mismo para vencer esos miedos o mejor dicho, con uno mismo menos que con nadie.
Para contrarrestar esta piadosa mentira religiosa, el hombre inventó otra; las máscaras del carnaval.
De esta manera nos transformamos en otros en lugar de ser uno mismo, aunque, a pesar de esas caretas, nunca se llegue a olvidar que la felicidad, si es verdadera, no es más que disposición de la mente y no una condicion impuesta por las circunstancias.
Es por esa simple razón, por la que desde hace algunos años decidí evitar en lo posible la variable de "la circunstancia" y desde entonces, me quedo solo con lo mínimo.
Con el miedo justo para poder aventurarme en empresas demasiado codiciosas, el tiempo me gusta que sea limitado, para no derrocharlo a lo tonto y si lo derrocho, hacerlo a sabiendas de que tengo derecho a la pesadumbre y el arrepentimiento.
Quiero las mínimas obligaciones, para no incumplir compromisos ´
Devociones muy pocas, o a ser posible ninguna para que no me impidan ensanchar al máximo la codicia de esta conciencia irracional, que consume sus días en busca de toda clase de satisfacciones, aunque sean ajenas.
Por supuesto, nunca olvido tener una locura siempre preparada por si me da la ventolera de disfrazarme de "loco de atar" y buscar esa salida hacia el lugar donde viven la pretensión de convertir sueños en voluntades junto a todos los otros locos propósitos excepto el de la enmienda.
Si hay una salida hacia la felicidad, por aquí tiene que estar.