Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
Todo lo que he vivido podría haber cambiado en en un segundo.
La historia se compone por millones de instantes que una vez pasados
quedan fijados e invariables en la memoria como la tinta en papel secante,
Esos infinitos momentos en el recuerdo y a la vez minúsculos instantes en el tiempo,
siempre forjados en el límite de lo pasado,existencias que ya serán siempre así,
pero podrían haber sido de otro modo, comenzando un efecto dominó
que cambiaría cada pieza de nuestro futuro, todo sería de otra manera.
Amparados en la suerte o la desdicha de que el tiempo pase
de la manera que lo hizo vamos encarrilando la vida lo mejor que sabemos.
Vías de acero en el pasado que se escriben a golpe de destino,
y un azaroso porvenir lleno de infinitas historias paralelas cada una con su estrella.
Los ídolos caen como piedras que se lanzan a los dioses,
es cierto que con pies de barro no se puede andar
que el mejor destino para la vieja sabana blanca es hacerla trapo.
Que importancia tendrán los enchufes y las neveras
cuando la primera nieve y la luz de la luna no valen nada.
Por la belleza de las flores marchitas,
por la curvatura de la tierra y
por la rectitud de los actos,
¿Quién es capaz de pretender una odisea distinta de la propia vida?,
¿Quién se refiere al ser que se ha querido ser,
si siendo como somos, nos convertimos en el mejor yo posible?.
¿Quién ahonda en las heridas del orgullo?
¿Quién desboca la envida?.
Dulces caseros y aguardiente añejo de pueblo.
Los perros ya no ladran y los gatos tampoco.
Ya nadie en este mundo es lo que debería ser.
Solo hay una pauta trazada,
una advertencia eterna,
Un solo camino de ida y vuelta, se necesita,
todos los demás sobran.
La vida consiste en viajar entre líneas conocidas
o sufrir el temor a perderse en un abandono cualquiera.
Al descubrir que no todo es como yo lo veía, el asombro y el desconsuelo se apoderaron de todas mis ilusiones fingidas y ni eso me quedo para continuar con ese terco vicio de vivir.
Relativamente joven acepte todo ese ciego pasado y el destino que viniera sin esperar más de lo que había tenido.
Deambular entre olivos e higueras, subir y bajar montañas, pasar frío y calor, hambre y sed, pero lo peor de todo, era contar con una libertad que me oprimía hasta el punto de llegar a odiarla.
Sólo pendiente de un más allá. Otro horizonte por conquistar pero fuera de la ambición y fuera de toda solemnidad ni celebración.
Porque son muchos horizontes recorridos y después de cada uno de ellos hay otro aún más lejano y desconocido que te invita a visitarlo.
Así días y días de viaje confundiendo caminos y pueblos hasta llegar a la montaña más alta desde donde todo se puede ver.
Todo, incluidos los tenues caminos de plata que como los caracoles has ido dejando a tu paso y que el tiempo borrará sin mas miramientos.
La felicidad sólo puede ser completa cuando uno está conforme consigo
mismo.
¿Qué más da?, ¿No sabes que ya es tarde?, nunca llegaremos a tiempo. Por eso,... ¿qué más da?
No sé el propósito de este viaje, no tenemos prisa y nunca tendremos
constancia ni seguridad de haber llegado a alguna parte pero, aquí
estamos viajando, a un pasado, a un recuerdo al que llegaremos como
siempre tarde.
¿Te acuerdas de aquellos improvisados botellones que más tarde se
pusieron de moda? Entonces lo llamábamos litrona. ¿Te acuerdas?
No, aquello nunca fue nada nuevo, ir a la tienda de Felipe, que entonces
no era chino, comprar cervezas o vino,preparar suficiente calimocho y
sentarnos en el respaldo del mismo banco hasta bien entrada la noche.
Que tiempos de filosofía asequible, de porros liados con esmero, de
perros oledores y de aquellos señores mayores con las miradas cargadas
de reproche y desafío.
Todo nos lo van quitando, o aún peor, todo lo hemos perdido.
Recuerdo, aunque siempre quise olvidarla, la última litrona que nos
hicimos. Estuvimos callados, sólo los grillos rompían el silencio
mientras los demás callábamos. Sabíamos que el silencio nunca nos diría
lo que no queríamos oír.
No estábamos todos, faltaba Tino, en el banco estaba a medio terminar su
nombre grabado a golpe de aburrimiento y navaja. Ahora entiendo que
estaba allí para que no buscásemos excusas en la incertidumbre de su
existencia, para asegurarnos que aquello no era un mal sueño.
No recuerdo quien fue, porque la memoria y el tiempo se me van acabando.
Uno de nosotros tiró con rabia una botella, le pudieron el rencor y la
furia, se levantó y reventó esa última botella contra un árbol como
si aquel acto nos redimiera de la culpa.
Aún, no nos fuimos. Contemplamos simplemente la botella rota sin decir
nada, velábamos aquel cadáver de cristal porque no podíamos velar a
Tino.
Eso es lo que hacíamos allí tan quietos, tan callados. Mirando
fijamente esos vidrios rotos y todavía húmedos como si allí estuvieran
esparcidas nuestras lágrimas.
Todas las risas, las filosofías baratas, las opinadas noticias, todas
ellas acabaron aquel día, igual que acabo también una época de nuestra
vida, una etapa quemada en ese banco del parque, sin más música que el
sonido de la noche. Nos bastaban unos litros, algo de tabaco y estar
juntos bajo la luz de la farola.
Cuando Tino se fue se llevó con él todas las litronas que nos hicimos,
nos dejó el banco con su nombre inacabado, grabado con la misma navaja
que nos enseñaba porque fue un día de su abuelo.
Esa última noche estuvimos hasta muy tarde, ¿Te acuerdas?. Estuvimos escondiéndonos de la vergüenza.
Ninguno habíamos ido a su velatorio. Por eso, sin decirlo, nos
quedamos hasta tan tarde, para estar cansados, para poder dormir sin
remordimientos y despertarnos al día siguiente esperando que todo se
hubiera acabado.
Cuando Tino estuviera ya bien enterrado.
Cuando ya no tuviera remedio haberle fallado su último día.
Hoy si me arrepiento de algo, es de no haber estado allí para ver su
cara por última vez, para grabarla en mi memoria como quedó grabado su
nombre en el banco y para decirle a aquella madre que no fue culpa
nuestra. Que su hijo era como un hermano, que nos juntábamos casi a
diario en aquel parque, que teníamos unos lazos de unión forjados por
nuestros anhelos deshechos por el mísero futuro que nos aguardaba, y por
el infinito tedio, deshojado como una enorme margarita sobre él
bebiendo litronas en el banco del parque.
Pero tal vez ella nunca
lo llegaría a entender, porque su hijo estaba muerto. Porque nos grito
mil veces que fuimos nosotros quienes le matamos.
No recuerdo quién robó aquella maldita Bultaco Metralla, no sé quien
pensó en hacer una exhibición de nuestra inexperiencia. No sé por qué
había grava en esa curva, ni por qué Tino entró en ella tan rápido.
No sé por qué estaba escrito en su destino que aquel camión le pasara por encima.
Vi su sangre llenando la carretera con un rojo espeso.
Aún hoy,
cuando cruzo por aquella curva la veo marcando el asfalto, como a mi
me marcó el alma el grito de aquella madre “TÚ LE HAS MATADO”.
Eso ya es lo único que conservo de él.
Esa fue nuestra última noche, desde entonces no hubo más. Los
botellones que acabaron con las litronas, empezaron a llenar el parque y sus
bancos.
Atronadoras músicas mataron el canto de los grillos, olor a orín sucio
de alcohol acabó con el aire fresco de aquel rincón y alguno
de aquellos nuevos visitantes, más jóvenes y ruidosos, terminó
escondiendo el nombre nuestro amigo dentro de la palabra “DESATino”.
Desde entonces, no quiero recordar la calma con la que se evaporaba el
humo de los cigarros, no quiero escuchar lo que me cuentan los grillos.
Desde
entonces, tampoco quiero que las litronas se conviertan en botellones
ni mi amigo Tino me recuerde que su destino fue lo que quedó escrito en
aquel banco.
Hoy es lunes, hace dos días que acabe "El Soplao" y creo que ahora ya podré escribir algo con cierta perspectiva.
Quiero dejar constancia escrita de mi experiencia porqué se que los recuerdos arden con más facilidad que los papeles.
El soplao es una de estas pruebas que todos debemos hacer al menos una vez en la vida. Te deja una cicatriz imborrable en el espíritu, como cuando se consigue terminar la primera maratón, o como cuando le ves la cara a tu primer hijo.
Estos 165 km de sufrimiento, nos dejan una marca imborrable porque pagamos un peaje importante en salud mental.
No existe más que una definición para ella, es un tremendo calvario, un verdadero infierno….. Sin embargo, algo ha dejado en mi que me dice que el año que viene volveré.
Todo es difícil, desde la salida donde al haber tantas bicicletas la arrancada es lenta y se tarda bastante en salir.
A las 07.00 ya estábamos allí cuatro locos calados hasta los huesos, buscando un sitio para no salir muy atrás. Nos colocamos a unos 300 metros y tardamos en pasar por debajo del arco de salida 8 min.
A partir de aquí, todo transcurrió más o menos normal, unas subidas no muy fuertes que se van complicando por la inmensa cantidad de agua que nos estaba cayendo y por el barro que se había formado. A los 22 km primer avituallamiento. Ya no había pelotón, todo el mundo iba en hilera o en grupos más o menos reducidos.
Desafortunadamente mi única compañera fue la soledad. Perdí a mis compañeros nada más salir, unos fuimos mas rápido y otros mas despacio. No hubo consignas ni puntos de espera. Cada uno a lo suyo, aplicamos ese viejo lema tan maratoniano de "no sufrir con nadie y que nadie sufra conmigo".
En el Km 26 empieza la pesadilla, El pueblo se llama la Cocina.
Debe ser la cocina de Belcebú , una cuesta imposible, llena de barro y piedras. Hasta los primeros, los más profesionales se tuvieron que bajar y subir aquella cuesta andando, no se exactamente cual es el desnivel de aquella pendiente pero no andaría muy lejos del 20%. Pie a tierra y a empujar un buen rato.
Después de esto unas bajadas de vértigo, a toda pastilla con las ruedas llenas de barro y otros corredores por detrás que te iban apretando entre aquellos charcos y pedruscos tan traidores y peligrosos.
Un par de caídas por delante le quitaron la tontería a unos cuantos. Eso iba en serio, el barro el agua, las piedras y la sangre todo fue disuasorio incluso para los más locos. Olía a pastilla quemada, máxima tensión y mucho frío.
Y los kilómetros pasan despacio y el agua se ha metido ya en los huesos y duelen los dedos que ahora están morados. El cansancio, el barro en los ojos, y las enormes ganas de abandonar que te entran según van flaqueando las fuerzas.
Resumiendo, esto es el infierno cántabro. Un infierno tanto físico como mental.
Es llegar a subir otro peldaño o quedarte abajo vencido por ti mismo, es saber que por cada kilómetro, por cada pedalada, se paga, es arrepentirse de no haber entrenado más....es en fin, sufrir sin esperar otro beneficio que esos tres segundos de emotiva satisfacción cuando se cruza la meta.
Lo peor, la duda de que esos tres segundos lleguen.
Y al final llegaron esos tres segundos y levanté los brazos, y escuche un anónimo grito de ánimo y después lloré junto a un viejo árbol mientras alguien me cubría con una manta.
Ese día tome la única decisión de la que jamás podré arrepentirme.
Me senté en el borde del abismo y allí dedique mi tiempo a desesperar toda esperanza.
Desde entonces pasa el destino por mi lado, sin dejar huella ni reproches.
Permanezco como un animal abatido. Tan solo el tiempo corroe mi interior, igual que la carcoma acaba con las entrañas de los árboles caídos.
Desde que perdí la esperanza de tenerte, no pido, no doy, no espero, ni deseo, ni pretendo, ni sueño.
Desaparezco dentro de este mar muerto sin dejar un mínimo rastro, igual que una piedra se hunde en el hielo sin hacer una sola onda.
Quedo tendido y a la espera, bajo la sombra de esta colosal higuera cuyas hojas mece una brisa cálida, que tal vez venga de lejos.
Suenan las chicharras cansinas y huele a heno recién cortado. Espero mientras cubro mi cara con un sombrero de paja en el que un día guardaste tu aroma y descubro con asombro que el deseo trasciende a toda lejanía, da igual que sea aquella de donde viene la brisa, o la que separa los vivos de los muertos.
No hay ningún más allá tan próximo como este recuerdo que ahora me acompaña fiel como un perro y me trae tu sonrisa, y esas cálidas caricias que envenenaban mi voluntad de quererte por no existir una posibilidad de amarte más todavía.
Cuando se llega al más allá,
cuando lo azul se vuele negro
cuando se ha volado en las minas del viento
y se ha medido la voluntad con el miedo,
o los sentidos ya se ocultan tras el tedio y la ruina,
es cuando, sin ceremonias,
se ausenta para siempre el alma.
Se va de un horizonte a otro mas lejano
dejando oculto su nombre y su historia,
no deja en la memoria,
ni arrepentimiento
ni orgullo,
ni más ni menos, que antes de ser.
Solo.
sin ocupar espacio ni tiempo
pasó por la vida como pasan los perros sin dueño
siempre el mismo y siempre distinto,
pero, qué más da si da lo mismo.