domingo, 17 de enero de 2016

Tu mirar.




Tendido en el sofá, navegando por el tedio que me proporciona esta pequeña sala, me encontré con una caja de fotografías viejas ya olvidadas.
Todas ellas me parecían ilusiones falaces de colores desvanecidos ya por los años.
En ellas vi escenas que ya nunca volveré a ver y eso me previno de que lo que hoy veo mañana ya tampoco lo veré.
Todas las imágenes, antiguas o nuevas, tienen un elemento común, no se definir cual es. Solo me ha quedado la constancia de que esas imágenes viejas, me han curado de esa ceguera que te impide ver lo que en el interior se siente, y ahora, después de tantos años, estoy empezando a ver.

Entre todas esas fotos, encontré una de especial relevancia. Al verla, sentí una especie de levitar interior difícil de explicar. Un escalofrío recorrió mi espalda al observar aquel rostro que nunca ha cambiado, al mismo tiempo, se llenó todo de su perfume y su caricia y se iluminó la habitación con esa luz tan placentera que esos ojos irradiaban, y que aún ahora siguen siendo igual de sugerentes y bellos..

Gracias a esa fotografía, comprendí que cuando amamos, amamos también en el recuerdo de cualquier tiempo porque el amor está en lo que vemos y en lo que no vemos, en lo que recordamos y en lo que olvidamos, en el tiempo y en la distancia porque nuestra mayor fortuna es amar desde lo mas profundo.
Si no fuera así,  nadie entendería por qué cuando la mañana viene a llamar a mis cristales me descubre sumido en las sombras intentando dibujar tu imagen.




sábado, 16 de enero de 2016

Las trampas de esta vida.



Sin que valga de reproche, el pasado es una línea llena de escombros y me produce una enorme angustia que se filtra como el veneno de las pesadillas de este ser que ha tardado tanto tiempo en dirimir su propia conciencia.
Es como cuando uno tiene esa extraña sensación de padecer una enfermedad rara de esas que enseguida suscitan cierta prevención y recelo por el contagio.
Será simple  melancolía traída por tantos años de soledad y de duda, que deriva en penosos remordimientos engendrados por toda esa tristeza y derrotan de forma definitiva la jovialidad del antiguo carácter.
Este es el tipo de las trampas que nos va trayendo la vida.
Trampas que no se improvisan, uno las va construyendo con la constancia con que la vida se va imponiendo porque solo viviendo uno es capaz de complicarse la existencia. Si te quedas quieto y no asomas donde nadie te llama, el único peligro que se corre, es pudrirse solo.
Las trampas de la vida forman parte de un compromiso ineludible de vivirla, es condición obligada del vividor, la de vivir entrampado.


domingo, 10 de enero de 2016

Me llamo Luzbel y soy pecador.



Desgraciadamente, mis estudios dejaron mucho que desear y una vocación que fuese algo decente tampoco la supe encontrar nunca.
Tal vez fuera por eso, o porque mi madre, desde niño, me recriminaba mi falta de aptitud en la escuela augurando siempre un futuro lleno de desorden y arrebatos que incluso llegaba al umbral de la delincuencia, por lo que decidí hacerme pecador.
Tengo ya una larga trayectoria y por lo tanto, bastante experiencia en este empeño y he de confesar, que tampoco resulta fácil ejercer de pecador con dignidad.
Habrán ustedes observado que hay pecados que cometidos por una u otra persona, siendo sustancialmente los mismos, tienen, como diría yo, otra gracia.
Hay pecadores de distintos usos, maneras y costumbres, unos son pecadores de altos vuelos como por ejemplo los políticos, personajes que nunca buscan el perdón solo les interesa la absolución y hay otros que pecan sin interés o intención. Estos últimos lo hacen sin redención posible,  porque lo suyo viene acompañado de la necesidad y la necesidad a veces no tiene remedio alguno que la evite, La iglesia, sabe mucho de pecadores de culpas, de enmiendas y redenciones.
No está bien que yo lo diga, ya lo sé y ustedes no me van a malinterpretar, pero, como verán, hasta pecando hay que tener garbo, ya que la penitencia del pecado es bastante más agradecida en el pecador consecuente.
Será por eso que da más gusto perdonar al que pecó con todas las de la ley que al que lo hizo lleno de reticencias y pejigueras, si no, solo hay que mirar de que manera nuestro sistema judicial agrupa a tanto pecador notable en las estanterías más nobles de esta sociedad..
Tras tantos años de vida impía, administrando la transgresión, estoy convencido de que no podría ser feliz de otro modo.estoy seguro que he acertado en mi elección y sé que mi madre, viendo los tiempos que corren estaría orgullosa y feliz por tener un hijo delincuente y además, bien culpable.

Será que un servidor, a pesar de no ser un pecador demasiado complicado, peca de orgullo, también de ser arrogante y además altivo. Por eso, a pesar de mis deficiencias y vicios, me considero incapaz de perdonar ni absolver a nadie.

Créanme que estar al otro lado de la ley, consuela en parte mi soberbia, ya que nada hay peor que andar aguantando que le pequen a uno en la cara sin poder resarcir en parte la conciencia y la moral por haber pecado en lo posible y haber sido siempre de los primeros. 




La lasitud de las piedras



A veces me convierto en piedra y me conformo con eso, pero no debería ser suficiente ser quien se es cuando no se es nadie, ni pasar por la vida sin desenvolver siquiera el regalo del tiempo que queda desdeñado y perdido en esos momentos eternos, anclados en los relojes parados, como si fueran fotografías de memorias difusas ya sin dueño.
Tiempos mansos sin ningún requerimiento, ni la más mínima urgencia, tiempos donde tienen su morada el desdén de lo que no importa,  bajo ese cielo ponzoñoso de desidia espesa, que lo envuelve todo como una niebla de calma y apatía.
Esa es la lasitud de la piedra a la que no ofenderá nunca el caminante que la pisa, el agua que la moja ni el sol que la abrasa.


martes, 22 de diciembre de 2015

Otra página más.









Fue la última despedida de un entrañable amigo, llegadas a estas edades no es de extrañar asistir cada vez más a menudo a estas "últimas despedidas". Si no vas, es casi peor que los demás vengan.

Me dejó un sentimiento amargo ver como ese amigo, barbudo, bonachon, incondicional de Mahou, fumador (también de tabaco), motero de puño suelto y hábil calavera, se convirtió en  cenizas desprovistas de cualquier tatuaje.
Desde la Cruz Verde, esas cenizas se marcharon sin hacer ese característico estruendo con su Harley Fat Boy al que ya estabamos acostumbrados.

En nuestra última charla, ya en el hospital,  me preguntaba por mi nueva moto: que qué tal tumba, que como suelta, que si ya la había metido por lo marrón, que sensaciones transmitía....
Le vi tan entusiasmado que a punto estuve de mentir diciéndole que ya tendría tiempo de probarla.

Afortunadamente no lo hice. Tanto él, como yo sabíamos que ya no viviría lo suficiente para nada.

En la ultima revuelta de la Cruz Verde, nos quedamos todos pensativos mirando el horizonte, hasta que alguien nos sacó del ensimismamiento cuando dijo: Ya está. Vamos a tomar una birra.

Eso fue todo.

Nos quedamos un rato el el bar mirando con cierta tristeza la Fat Boy que alguno trajo para que también se despidiera y en el silencio de nuestras miradas se veía que todos somos unos sentimentales muy parecidos. Al mirar su moto nos dábamos cuenta de que sería Deseo el nombre de esa última moto que nunca volveremos a montar.





viernes, 18 de diciembre de 2015

Paraíso postizo






Toda mi vida he mirado con fascinación a esa gente que ha prescindido de la reflexión y el pensamiento, una masa que acostumbra a vivir en un lugar empírico donde no existen los problemas.

Hay que reconocer, que algunas veces tengo envidia a esos personajes ajenos al mundo, sumidos en su particular burbuja de despreocupación y sosiego. Siento que los que se conforman con lo que les regala la ignorancia viven bastante mejor que aquellos de temperamento inquieto que todo lo cuestionan, lo analizan o simplemente comparan.

Este resquemor o resentimiento, me hace sufrir más de la cuenta, aunque tampoco es que sea nada preocupante, como todos sabemos, el sufrimiento es opcional más aún cuando este, es el producto de una culpa ajena.

Afortunadamente, he llegado a cosechar un aceptable estado de resignación que alivia mi padecimiento, Me amoldo y consuelo con la idea de que a estas alturas, es ya muy difícil convertirse en borrego o en gilipollas.



martes, 15 de diciembre de 2015

Amanecer privado.





Recorro el último pliegue de su cuerpo insensible,
con el propósito de someter su desidia a mis anhelos,
venero aquella terrible dama que guarda en las entretelas de su desdén,
todo lo que soy.

entonces suena un breve lamento que mana del descuido,
los músculos todavía dormidos se desatan y me envuelven
ceden a esa solicitud, de indulgencia, siempre resignada.

Así, sin más, comienza un ritual de pasión y desenfreno
donde la eternidad del tiempo se acaba
y el universo entero escapa del sagrario de su cuerpo.

Amanece y todavía sueño.





jueves, 3 de diciembre de 2015

Nada sin ti.





Subido al último vicio,
llegué al último sitio.
Se abrió aquella última puerta,
al entrar supe 
que tampoco era mi casa.




martes, 1 de diciembre de 2015

Esta absurda obligación de complicarnos la vida.



Nunca ha habido necesidad de crear visiones de lugares venideros si sabemos que siempre estarán lejos (como todo ideal que se precie). Ni tampoco hubo felicidad alguna (y de eso estoy convencido) que se haya conseguido huyendo, aún cuando a cada paso que demos, la razón nos diga que debemos seguir escapando incluso más allá de los sueños.

La única vocación ineludible, el único mandamiento de todo ser vivo, será vivir sin agobios ni tormentos,  tener como única fijación y deseo lo menos oculto y más transparente o si lo prefieren lo más sencillo y simple.

Las cosas son como son, no hay que darle mas vueltas. No pretendan ustedes huir de sus pasos, ni besar sus propios labios.



miércoles, 25 de noviembre de 2015

Regresar. ¿A dónde?



Cada vez que regreso, el peaje que pago es más alto, especialmente a estas alturas de emociones poco definidas o más bien contradictorias, en donde no queda ya nada de esa conciencia cabal. Son malas sensaciones a las que ya ni siquiera se les busca la más mínima justificación. Frustraciones por el desamparo que propicia la soledad, o simplemente miedo a perder ese norte que, aunque ya difuso, tantos años me ha servido de guía en esta vida.

En cualquier caso,  hay que seguir cumpliendo con la rutina porque, como todo el mundo sabe, el que no regresa, no se puede volver a ir.

El único consuelo es saber que dentro del propio mundo hay otros muchos mundos. Cada personaje crea su propio viaje, su propia vida, su propio mundo y aunque parezca asombroso ni todos los viajes son de ida y vuelta, ni todas las vidas pueden comprobarse. Por eso, es mejor pensar que ni siquiera existen.
Aún así, cada vez que regreso de cualquier lugar, se genera una inevitable inquietud por ese destino distinto, si en vez de volver no lo hubiera hecho, es como regresar del lugar al que no se vuelve.

Pero no hagan caso, poco puede aventurar este ignorante, solo alguna consideración extraída de su propia experiencia y como mucho alguna presunción poco fiable.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Espejos en otoño







En este punto quebrado por la ilusión
del espejo, paseo la mirada por un
paisaje que remite a ese único lugar
donde las aguas se aquietan mansamente,
detenidas en la orilla de otros tiempos.
Observo este otoño de increíbles matices áureos,
con sus hiedras rojizas,
y su lluvia amarilla, que cae lenta
sobre un estanque tendido a la sombra
mientras refleja en su tremenda quietud,
nubes envueltas en el azul más puro, 
nubes proclives a cualquier forma, 
importunadas tan solo por la estela negra 
de vencejos inconscientes de su belleza.

El espejo va diciendo que quedan pocos años
y escasos sueños con presagios
que se incumplirán por adelantado.
El reflejo, señala acusador a ese  futuro sin remitente
ni señas correctas, pero obstinado en llegar.
Todo sucede en este último declive de otoño,
que exige una rendición sin clausulas alternativas.