Tan solo un saludo, simplemente levanto la mano desde lejos y hago una pequeña mueca de aprobación. Sigo siendo demasiado tímido. He dejado la puerta abierta y me fascina que alguien entre a husmear a casa, me irrita el atrevimiento, sin embargo esto es público y si lo puse o expuse aquí no es sino para vencer mi terca soledad interior.
Sea pues. Se bienvenido.
En estos últimos años he ido cayendo en la cuenta de que cualquier imaginación me parece mejor que la razón, que el deseo me agrada mas que la renuncia y que siempre he justificado mejor el placer que el sufrimiento.
Que solo me quejo de lo amargo que resulta un recuerdo lleno con tantos años de soledad y que le voy echando la culpa de estos delirios a los años que tengo, como si lo que se hubiera cumplido con ellos no fuera otra cosa que el mismo destino.
La vida es lo que es, la mires por donde la mires, aunque al echar a volar la imaginación uno acaba convencido de que es distinta. Me engaño pensando que es más lo que se desea que lo que se tiene, que es más lo que se imagina que lo que se ve, que la felicidad se puede almacenar sin que en realidad se termine en el momento que se disfruta.
Se que alguien me dirá que llenar la cabeza con más pájaros de los necesarios, acaba malbaratando lo poco que pueda quedar de ella.
Lo mejor, tal vez, sea resignarse a ser dueño de esta ración de soledad y abandono que los años van repartiendo y mirar con estos ojos que ya se van encaminado a la ceguera, como poco a poco se deshacen los nudos que nos atan a este mundo.
Sé que soy un hombre que vive con la única idea de lo que se imagina y no con la certeza de los conocimientos, por eso casi todas mis percepciones, creencias y pensamientos, resultan tan difíciles de explicar.
Trataré de hacerlo pero a la particularidad de la situación, se añade la dificultad en la concreción de los hechos y mi carencia de expresión.
La cuestión es que hoy volviendo a casa he experimentado una sensación rara, como si estuviera en otro lugar pero sin cambiar mi ubicación.
Durante un indeterminado tiempo, de duración tan imprecisa que bien pudiera haber sido tan eterno en su transcurrir como efímero en mi espacio, tuve el presentimiento de que alguien en otro sitio distinto estaba pensando en mi y tiraba de mi desplazándome, no a un lugar concreto, sino a una concepción distinta de la realidad que estaba viviendo en ese instante.
Fue como si el tiempo hubiera patinado entre el sueño y la memoria.
Me ha parecido que quien quiera que fuera me incluyo en uno de sus pensamientos positivos.
Aunque esto lo digo sin ninguna ayuda fiable de la memoria que siempre la tengo contaminada por los sueños, ni de la certeza que conmigo hace tiempo que abandonó su certidumbre.
Digo que el pensamiento que tuvo fue positivo porque durante ese tiempo de arrobamiento y enajenación, he experimentado un estado de felicidad extraño, como una especie de lucidez rara capaz de iluminar esta conciencia que tengo hace tiempo en trance de suspensión.
Me encontré como suspendido sin gravedad en un espacio que no se podía medir porque, como en los sueños, ese espacio carecía de la menor identidad.
Veía una tremenda inmensidad de árboles cubiertos con los enormes colores del otoño. A la vez se podía apreciar una brisa húmeda, cálida y dulce parecida a la caricia que induce al beso.
Ahí certifiqué que la deuda que acumula el tiempo es por el mero hecho de haber transcurrido y gracias a eso, me di cuenta de que esa deuda se adquiere viviendo, aunque con frecuencia, lo que se vive sea mucho más de lo necesario.
También me vi sin propiedad ni renta, ni nada que signifique que en algún sitio pudiera haber algo que fuese mío.
Me he sentido como el traje viejo que vistió en las nupcias y las exequias, festejando con las mismas galas distintas ceremonias.
Vi lo que un día fui y me conmovió la idea de que tal vez, no todo quede perdido por completo.
Al final, pude apreciar la resignación de quien no se avergüenza de apiadarse de si mismo por pedir perdón o por perdonar.
Sin embargo no he conseguido descifrar ni quien pensó en mí, ni cual fue su pensamiento, aunque mucho me temo que solo mi perro Tomás sería capaz de involucrarme en sus reflexiones sin titularidad alguna que lo ampare, ni autorización previa que lo pudiera redimir.
El misterio de vivir algo ya vivido, es algo que me obsesiona; será que por culpa del abandono al que me somete la memoria confundo situaciones que pudieran parecer similares, o tal vez sea simplemente la evidencia propia de haber tenido uno de esos sueños que nunca dieron ni una sola alternativa al recuerdo.
La verdad es que algunas veces me encuentro viviendo escenas que no son la primera vez que aparecen en mi vida, tal vez, debían de estar ya en alguna parte del pasado, aunque fuesen instantes menores, tan efímeros como indeterminados.
Cuando este Déjà Vu sobreviene, me acomodo a pensar de que en algún otro lugar un cuerpo inerte y vencido, no muy distinto al que tengo, está sumido en un sueño lejano. Un sueño de esos que se reiteran como las gotas de lluvia que caen en el mismo charco.
Cuando me doy cuenta de lo que está pasando, vienen a mi, desfilando en procesión, cientos de despropósitos adivinatorios aunque, si bien es cierto, nunca acierto ni siquiera en lo más próximo, por lo que nadie cree que lo que está pasando ya esta vivido.
Pero, ¿¿¿Para qué iba yo a engañar a nadie????. Les aseguro, que ser he sido y estar he estado.
En esta que es mi historia, lo suyo sería que yo fuera el protagonista, de otra manera ¿qué sentido tiene la vida?.
Pero desde que descubrí el cine con sus bellas mujeres, sus galanes, y esos héroes de deslumbrante inteligencia, los reality shows y la prensa amarilla; he dejado de ser el protagonista de mi propia vida. Me quedo simplemente como un espectador de vidas ajenas.
Por suerte, existen toda clase de personajes y algunos de ellos me interesan más que yo mismo, incluso, en el mayor arrobamiento del sentimiento, he llegado a quererlos con tal intensidad y fruición que ni siguiera tengo la necesidad de ser correspondido.
Creo que en mi, la propiedad de ser humano que me caracteriza ya ha comenzado a morir por indiferencia hacia este futuro que está definido por el tremendo anonimato al que me somete. Un futuro donde nadie sabrá que soy y a nadie le importará este personaje secundario que solo sabe escenificar alguna que otra pena.
Queda plenamente certificado que comparándome con esos héroes soy escoria, metal base. No soy redimible No le sirvo de nada a nadie, carezco de valor.
Demasiado pálido, demasiado frío, demasiado flojo, demasiado asustado.
La belleza de este mundo de papel couché no me quiere.
Lo peor, es que todo esto que escribo podría ser una broma, salvo por el hecho de ya no queda nadie real para verle la gracia.
Si algún día pudiera escoger entre todas las cosas que me dejaron alguna marca, no se extrañe nadie si escogiese primero esta saludable idea de saber que es la vida la que me está matando. Me quedaría también con la felicidad que he sentido después de haber sido infeliz y por supuesto, la inocencia de creer que solo soy culpable de lo que hice y no de todo aquello que dejé por hacer. También me llevaría ese amor que tanto odio y además esta la virtud que poseo de hacer que la suerte siempre me sea esquiva.
Pero sobre todo lo anterior escogería este amanecer de hoy que se presenta retador e insolente, exigiendo implacable el aroma del café recién hecho.
Sin prejuicios, fui a mi primera romería apartándome de todo convencionalismo y sin hacer ascos a los 40 grados a la sombra, que en verano caen a saco por estos secarrales.
Estrené el rustico traje de serrano que, para mi desgracia, venía con todos los complementos: Pantalones de pana gorda, camisola de franela y manga larga, pañuelo al cuello, sin escatimar en la faja de seis vueltas bien apretadas, calcetines gordos y por supuesto, la insustituible boina de lana con rabillo.
Tras el impagable esfuerzo de madrugar en domingo, comienza esta jornada cuando todavía no son las ocho con un indescriptible estruendo de dulzainas y tamboriles.
El sonido punzante de la dulzaina y la poca destreza de los músicos empiezan a insinuar la terrible tortura a la que vamos a ser sometidos durante el resto del día.
Los más animosos, aparentemente disfrutan danzando una monótona y repetitiva jota cuyo baile consiste en dar dos pasos para adelante, otro para atrás y después un giro completo. Suelen ser mujeres y no empiezan a beber hasta más tarde. Sus rostros muestran una especie de contractura mística, según me dicen, por el miedo dejar en evidencia la falta de enjundia de tan poco ensayo.
Lo peor, es que una vez metido en la rueda del baile, uno está obligado a completar el recorrido que, a pesar de no ser muy largo, se convierte en el camino al mismísimo infinito.
Los hay menos entusiastas, normalmente hombres, que, sin ninguna gracia, beben vino de las botas. No lo hacen con el afán de calmar su sed, la mayoría bebe para mostrar su destreza a la hora de dirigir el chorro, como si se tratara de un concurso de niños orinando en algún agujero.
Por último, los músicos que deben escogerlos entre las personas con la audición mermada o definitivamente sordas. Estas personas son inmunes al desaliento, inagotables fuelles que soplan una y otra vez la misma melodía convirtiendo en mártires a todos los que los van padeciendo en santa campaña.
Así empezó esa mañana de romería, vislumbrando con el ánimo compungido, la jornada que nos esperaba y la tremenda elasticidad de la que hacen gala las horas según que situaciones.
Dicen que un clavo, saca otro clavo. Creo que por eso los rocieros recurrían a la extenuación por cansancio o al enajenamiento de la borrachera para sobrellevar con alguna dignidad ese calvario. No se dan cuenta de que solo son penitentes dispuestos a añadir mayor mortificación a las largas horas de ese día de infernal calor, polvo irrespirable, dulzainas estridentes, sebos y pancetas poco saludables y mucho vino barato.
Tengo que admitir que mi único error fue ceder al capricho de otros y participar voluntariamente en tal evento, sin embargo, viendo que mi presencia allí solo podría acarrear males mayores, decidí huir de aquel insufrible castigo antes de ceder a la tentación de matar a algún "soplagaitas" de esos que por allí desfilaban con sus sonrisas impávidas como si disfrutaran de tamaña tortura.
A la hora del Ángelus, en medio de aquella solana, con la boina bien enroscada y mi flamante traje de paleto, me fui, muy despacito y sin hacer ruido, hacia ninguna parte siguiendo las líneas de aquella abrasadora carretera.
Por fortuna los sueños siempre están dentro de uno y no hay nadie que los pueda interpretar mejor.
A pesar del tiempo transcurrido y de que todo haya cambiado, jamás olvidaré la geografía de aquel otoño, que como todo desde entonces comenzaba un 21 de septiembre.
Es cierto que la vida tiene muchos recodos, muchos más de los que cualquier mente calenturienta pueda inventarse. Aquel día 21 de septiembre la suerte, que es algo que no se puede comprar con dinero, llegó por uno de esos derroteros que ni siquiera hoy día puedo contemplar como cierto sin cerciorarme previamente de que no estoy en un sueño y aún así, a pesar de todo, no consigo confiar plenamente en esta certidumbre porque, la adversidad y el infortunio los tenía ya enraizados en mis limitadas expectativas desde la más temprana infancia.
Probablemente esta dicha sobrevenida, sea merito de algún diablillo ya que un servidor tenía por costumbre vender su alma al mejor postor aunque, a sabiendas de su escaso valor, nunca abusó pactando el precio.
Desde entonces algo cambió mi historia y ya lo único que me planteo seguir soñando con el mismo deleite esta vigilia tan acogedora y confortable,
Sé que cuando se sueña, es cuando más intensamente se vive y a mi esta vez me ha tocado vivir un sueño donde siempre brilla la misma estrella.
Tengo miedo.
Me tumbo a su lado buscando un consuelo y toco su piel que ahora me parece más suave que nunca y escucho el leve rumor que emite la angustia derramada en esos suspiros que escapan de su freno.
No sé que hacer, no estoy a la altura. Tengo mucho miedo.
Busco palabras para dar algún alivio, algún ánimo, pero me quedo callado. Solo me quedo a su lado y el silencio empieza a hacerme un terrible daño que sufro como sufren los cobardes, sin resistencia.
Nunca estuve a su altura.
Necesito encontrar palabras precisas que enmarquen con la exactitud de un reloj suizo estos sentimientos que siempre fueron impensables.
Habría que inventar esas palabras capaces de escapar a cualquier razón, palabras que hablaran del dolor del alma, palabras que expresaran lo desvalidos que estamos sin lo que tanto queremos. La insignificancia de una imagen dentro de espejos rotos en mil pedazos.
Palabras para definir el miedo que me rompe las entrañas al mirar esos ojos marcados con las huellas de todas las lagrimas derramadas en la trampa de la soledad.
He conocido demasiado bien esta limitación a lo finito que nos impone el reloj, la
inquietud y la duda que nos traen los años sin saber si merece la pena vivir
esta vida acotada a su capricho. Tiempo capaz de cambiar la fortuna por lo adverso, sin
hacer ruido, como una luz cuando se convierte en sombra.
Siempre a merced
del tiempo, de ese amasijo de dirección única y sentido incierto.
Sólo somos sombras
retenidas. Puntos únicos sin principio, sin final, sin dimensión alguna que nos
pueda certificar.
La única venganza posible es reírse de esta existencia porque todo lo que nos afecta, permanecerá solo lo necesario.
Al final no quedará duda de si será el mismo tiempo quien nos haga desaparecer eternamente, a sabiendas de que él es simplemente lo contrario a
cualquier eternidad.