martes, 31 de enero de 2017

Este reto nuestro de cada día....,




Voluntad quebrada
por sutil aroma de perfume
en sabanas viejas.
Prendas que custodian secretos
de soledad y sufrimiento.

¿Café o té?
(qué mas da),
palabras, solo palabras
casi siempre las mismas.

La ventana, en su sitio,
abierta lo suficiente.

Escaparate improvisado.

Detrás del cristal,
amontonados, 
todos los abismos vividos,
y un miedo atroz
a volver a caer abatido
por esa trampa del vértigo,
similar a la que se sufre en los sueños.

luz, solo la necesaria
para agotar esta última noche
y romper la oscuridad del espejo
con el fulgor de un  nuevo calvario.




sábado, 28 de enero de 2017

Ya veremos.



Hasta la fecha ha sido difícil este no morir y estoy seguro de que a estas alturas a pesar de mis esfuerzos ya ocuparé los lugares para mi reservados en el escalafón de muertos enterrados en el olvido de personas con las que algún día me crucé por este mundo.

Esto de ser muerto, no es una cosa que me agrade, pero tampoco me disgusta. Lo digo con resignación pero sin conformismo alguno.
Bien es cierto que ahora puedo hablar,  porque me ampara la evidencia de generar sombras que se mueven. Aunque unas veces sean más claras y otras más oscuras.

Será defecto de este animal haber ocupado demasiados espacios ajenos en todos estos años vividos. Unos espacios, donde las huellas que un día quedaron marcadas, van siendo borradas por el paso del tiempo, aunque siempre quede un poso de nostalgia o melancolía capaz de conformar un mínimo recuerdo, que a veces nos cae sin motivo alguno.

En mi vida ha habido demasiadas mudanzas, tantas despedidas que al final uno llega a aprender que cuando se marcha, lo mejor es despedirse a sabiendas de que ya nunca se va a volver, que cualquier reincidencia, es una pequeña prorroga en la agonía de lo inevitable.
La experiencia con todos mis buenos amigos, me dice que es mejor acabar con toda esperanza de continuidad en este punto donde la separación hace insostenible la amistad.

Con ese sentimiento me he despedido siempre y ayer me toco de nuevo hacerlo. Esta vez de un amigo con el que cené porque hoy se marchaba a vivir a Italia.

Cuando nos despedimos, le abracé conmovido por ese enorme sentimiento de perdida que uno siente ante lo definitivo,  Ante sus promesas y rogativas de visitas y encuentros evité ser sincero.
Evité decirle, que ya no sería lo mismo. Que lo mejor sería conformarse con lo que nos queda sin quebrantarlo con apósitos añadidos.
Simplemente dije, "ya veremos".

Lo cierto, es que ya nunca me volverá a parecer que sea tan tarde a las nueve y media, como ayer a las nueve y media.



sábado, 21 de enero de 2017

Una vez para siempre.




En apariencia,
pero solo en apariencia
hubo una vez ( y fueron tantas)
una luna llena,
había una vez (la vez fue muchas veces)
una cama desecha por una calma chicha,
hubo una vez (lo fue muchas mas veces),
una noche sin acabar,
un café humeando,
pero sin quemar
una naranja con aceite y sal.

Hubo una vez (tal vez solo una vez)
que una mujer y un hombre
se enredaron para siempre.




miércoles, 11 de enero de 2017

El manzano


Teníamos una casa situada en las afueras del pueblo, en un pequeño prado, Una casa orientada a la sombra de un manzano que plantó mi abuelo.
Un manzano, que aparece en multitud de fotos de mi infancia porque siempre estuvo ahí, en mitad del prado, incluso antes de que se construyera la casa.
En la niñez donde todo se engrandece, me parecía extraordinariamente alto, aunque según fueron pasando los años, mientras yo crecía,  el árbol conservaba siempre la misma altura hasta que llegó un día en que me dejó de parecer tan grande.

Tenía una amplia copa que administraba sombra y sosiego en las horas más quietas y tórridas del verano y también tenía un columpio, donde solo vi mecerse años de abulia y apatía.

El árbol nos daba cientos de manzanas pequeñas, verdes y duras que a penas comíamos. Mi abuelo las recogía y amontonaba en el garaje hasta que poco a poco empezaban a estropearse. Solo entonces, se las echaba a las gallinas.


Cuando eramos niños, recuerdo como mi abuelo nos llevaba a todos los hermanos hasta su manzano. Allí, bajo su sombra,nos contaba fabulosos sucesos que oíamos embelesados. Se sentaba apoyando la espalda contra su tronco, liaba un cigarro y comenzaba unas historias que casi siempre giraba en torno a ese árbol. Como, por ejemplo,  la del día en el que encontró entre sus ramas un pequeño nido con tres huevos, dos verdes y uno azul,  se los llevó e incubó durante una semana y de ellos salieron dos culebras y un cuco. Otra trataba de un zorro que venía a comerse las manzanas porque al ser tan viejo se le habían caído casi todos los dientes y sin dientes ya no podía cazar ni gallinas, o la historia de la garduña glotona a la que le gustaba tanto comer ratones que por las noches venía a meterse en un agujero del árbol y por arte de magia, se transformaba en lechuza para poder seguir cazándolos toda la noche.



Un buen día, mi abuelo nos dijo que el manzano tenía una enfermedad producida por un hongo llamado Botryosphaeria.
Una plaga que trasformaba el verde de sus hojas en un marrón blanquecino y hacía que las ramas se quebraran con facilidad.

Desde ese día, veía a mi abuelo dar vueltas en torno al árbol, recogiendo una hoja de vez en cuando que observaba con tristeza para después dejarla caer de nuevo al suelo. Miraba y acariciaba su tronco sin atreverse a decirle nada, por ese sentido del ridículo que tienen tan incrustado los hombres de campo.

Los observaba desde la cocina. Allí, en mitad del prado estaban los dos, hombre y árbol.
En ese momento me empezó a invadir una terrible angustia, al pensar que en la siguiente foto, alguno de los dos ya no estaría.






domingo, 18 de diciembre de 2016

¿Cual, cual era la claridad?



¡Apagad las luces,
que no despierte el rocío,
que no caiga de la hierba verde,
ni de la rama seca!.

Las luces se revelan ante toda oscuridad
y al final, como alfil victorioso,
recorren infinitas diagonales.
Luz que nos muestra lo que somos,
lo mismo da que seamos sueño.
o reflejo del espejo.

¡Apagad las luces,
que no despierte el rocío,
que no caiga de la hierba verde,
ni de la rama seca!.

Rocío que nace como el suspirar
pero sin la pena por ser de nuevo abatido.
Todo podía ser desilusión, y no lo es.
Existe la certeza de un nuevo rocío.
y esto es lo que está escrito.

El regreso de una escarcha dulce, cada mañana
tejida con saliva de palabras
que derraman una sangre ácida
sobre una derrota garantizada.

Gozo, aliento, sometimiento, penitencia, y fin.

No hay tiempo de curar heridas,
girará de nuevo la rueda;
solo queda gozar de esta luz sigilosa
que con infinita calma descubre el reflejo,
mata el relente y ahoga el suspiro.

Ya solo queda seguir buscando a tientas
la sustancia bajo el plato del perro,
y ofrecer lo único que existe para dar,
rocío, luz y noche.

¡Apagad las luces,
que no despierte el rocío,
que no caiga de la hierba verde,
ni de la rama seca!.



domingo, 11 de diciembre de 2016

El absurdo a veces, es incondicional.


El más allá está, en cierto modo, supeditado a la conciencia que uno tenga y a los pasos que se hayan ido dando, que de alguna manera van dejando marcas en conciencias tanto propias como ajenas.

Hoy sin ir más lejos, me he fijado en la baba que dejo algún bicho y empujado por esta incongruente conducta que desde hace tiempo rige mi vida y sin mas curiosidad que la falta de ocupación, me he dispuesto a seguir ese rastro con la certeza de que tras esa baba encontraría al bicho.

Cada poco me agachaba para comprobar que las pistas seguían siendo las correctas pero al cabo de unos cuatro o cinco metros la marca empezaba a perder entidad siendo bastante menos evidente.

En ese momento, la lógica me dijo que estaba errado en el sentido de la marcha, por lo que decidí dar la vuelta y continuar escrutando meticulosamente la huella pero en sentido contrario.

Estaba inmerso en estas cavilaciones y devaneos cuando observé que alguien contemplaba mis vaivenes, encorvamientos y zozobras. De inmediato decidí poner más interés y empeño en la rastreo, como si se tratara de alguna cosa de mayor envergadura y trascendencia. Sería ridículo que cualquiera creyera que uno andaba por allí tras el rastro de una babosa.

Sin desdeñar mi objetivo, que era alcanzar al bicho, di un par de vueltas tratando de disimular así lo absurdo de mi empeño.
El hombre que me observaba y al que miraba de reojo, mostraba cada vez mayor interés por la situación que en ese momento yo, ya había empezado a interpretar como un engaño.
El hombre, llegó incluso a levantarse y se acercaba examinando el suelo con intensidad e interés similar al mío.
Dicen que el ser humano, tiene entre otras virtudes la de apiadarse de los demás.

Empece a elucubrar, y dentro del absurdo, deduje, que ese sujeto (que por otro lado, tampoco tendría mucho que hacer) vendría dispuesto a arrimar el hombro, para ayudarme a buscar lo que a su parecer estaría perdido.

Definitivamente, se detuvo ante mi y sin que me preguntara nada, le mentí diciendo que se me han caído las llaves del coche.

Había oído que nuestras mentiras revelan de nosotros tanto como nuestras verdades, pero si la verdad y las mentiras vienen a ser lo mismo entonces acababa de convertirme en un gilipollas integral.

Como consecuencia de aquella estúpida mentira, nos encontrábamos dos desconocidos unidos por el objetivo común de una búsqueda sin definición alguna.
El hombre buscaba unas llaves y yo estaba empezando a buscar la dignidad que acababa de perder tras la pista de una babosa que ya nunca sería capaz de encontrar.

Allí estuve durante un tiempo impreciso pero eterno, fingiendo la aflicción de un desastre mientras simulaba una estéril exploración con la esperanza de que el hombre, desistiera en su empeño por encontrar lo que nunca se perdió.

Pasó una señora con dos niñas, una pareja de ancianos y más tarde un chico joven corriendo, todos mostraron, cierto interés en nuestra diligente actividad aunque afortunadamente no llegaron a preguntar. De haberlo hecho, no hubiera tenido más remedio que continuar confirmando mi mentira y no puedo ni imaginar como hubiera acabado aquella disparatada situación.

Finalmente, con disimulo, dejé caer las llaves unos cuantos metros más atrás. Hice grandes aspavientos propios de la alegría que me hubiera producido el hallazgo y agradeciendo a mi improvisado compañero su ayuda, me fui a casa  con la pesadumbre de no haber encontrado la babosa y un pensamiento recurrente que me prevenía de la imposibilidad de justificar este absurdo comportamiento.

Me temo que los dioses ya no tienen tiempo para nosotros.



sábado, 3 de diciembre de 2016

El silencio



Es este rotundo silencio
el que desadormece un sueño
rendido ante el desanimo
de horas inagotables.

Horas marcadas por un mínimo reloj
de retumbar lento como un latido,
al son de todas las nostalgias

Un silencio que penetra en la noche
con el mismo desprecio con que invade un féretro.

La ventana, se muestra aún sin luz,
enmarcando un vacío infinito.

El cálido confort de la cama revuelta,
incita a recuperar ese sueño perdido.
mientras van desfilando
por la pasarela del insomnio
extraños pensamientos
que recitan siempre una cansina oración:

"Morirse tanto tiempo, para al final morirse".


lunes, 28 de noviembre de 2016

La senda del tiempo.



Sigo una senda que transito solo.
Nadie más dejará su huella en esta singular vereda
que comienza donde nació la primera luz
y acaba justo donde los pasos se detienen.

Los dioses no tuvieron tiempo
de concederle la esperanza de otro destino
pero.......

¿Qué mayor esperanza que la de alcanzar
ese páramo originario y definitivo que es la nada?




domingo, 27 de noviembre de 2016

Mi tesoro



Mi mundo encerrado en una urna de cristal,
como en un muestrario transparente
que nada oculta en su interior.

Todo lo que tengo,
incluso lo más privado,
estuvo siempre guardado
en un cofre de pirata
enterrado en ese sitio sin nombre
sin marca en ningún mapa.

Mientras otros lo buscan
no percibo ni su aliento ni sus ojos
y siento en mis entrañas
la consciencia de la soledad absoluta
el irreprimible impulso de seguir cautivo
por el placer y el deseo,
preso también de esta fortuna
que me otorga el olvido,
que borró los malos pasos,
zurciendo las escoceduras
que rasgaron la conciencia,

Si es justo o no, ya no interesa,
tampoco importa el tiempo que pasó
ni el que aún queda.
Lo que fui se ha convertido en nada
y más lejos yo no voy a ir.

La vida me va pasando recibo
de lo que me jugué
que ha sido el más allá. 

La oscuridad de la noche me asusta,
pero sé que siempre amaneció temprano.



martes, 22 de noviembre de 2016

Gilipollas pero feliz.



El tiempo nos va ganando todas las batallas y cada derrota sufrida nos acarrea un mayor abandono y desanimo por el fracaso. Después de unas cuantas derrotas, acabaremos cayendo en el descuido y esta flaqueza solo conduce a dejar de ser lo que se es.
Las derrotas, crean una sensación tan  ingrata, que a lo único que incita, es a dejarse olvidar.

Desgraciadamente un servidor es un hombre demasiadas veces vencido, por eso cada cana que peino es en honor a una batalla perdida con merecimiento.
Bien es cierto, que esto poco importa, ya que uno ha vivido siempre en la inopia y nunca se enteró de la misa la media.
El mejor arma que me queda para afrontar esta lucha, son las palabras. Al menos, es un arma que considero peligrosa.
Lo que se expresa y se piensa es tan arriesgado y expuesto que hay quien dice que sirve para todo, hasta para aplazar la muerte.

Ya sé que debería escribir alguna experiencia curiosa, o algún sentimiento extraordinario o tal vez la rutina de un diario, pero de estas desdichas es mejor no contar nada, cabalmente no merece la pena.

Mejor les cuento que cuando era niño, todo tenía mayores proporciones que ahora, los lugares, los tiempos, las distancias como si desde entonces hasta hoy existiera una irremediable desigualdad.

Recuerdo que pasé toda mi infancia queriendo ser listo, pero no un listo cualquiera, deseaba con tesón y firmeza, ser "el más listo", y aunque puse todo mi empeño en ello, solo pude destacar por tarambana.
En realidad, tuve muy mala suerte, desgraciadamente solo llegué a ser uno de esos atolondrados que quieren hacer las cosas bien pero irremediablemente siempre le salen mal.

Ahora, sin duda por culpa de esa desproporción que hay entre lo que estoy viviendo y lo que aún recuerdo, me conformo con disfrutar de cualquier cosa sin remordimientos ni resquemores, de gozar de todo como un tonto del culo.
Me conformo con lucir cara de tonto dichoso, resultado de vivir en una satisfacción continua.

Realmente, la magnitud de esfuerzos tan tremendos que se necesitan para ser listo, no siéndolo, solo puede llevar a la extenuación y con ella a una rendición incondicional.
Si a esto le añadimos, que la vida y la muerte son fruto de la misma simiente y que en el mundo hay ya demasiados listos (muchos de ellos desgraciados), la  única pretensión alcanzable que me queda es la de ser un gilipollas feliz.



jueves, 17 de noviembre de 2016

Algo cambia..



En los hombres, todos los fundamentos son parecidos incluida la rutina de la pobreza, que siempre lima cualquier ambición, como suele ser su costumbre.

La transformación de un hombre comienza en una parte tan remota e insignificante, que no se aprecia hasta que un día corriente pero inevitable, uno se percata de que el sol  ya no luce de la misma forma.

Por muy arrogantes que sean, un día sabrán que ya están más maduros de lo que quisieran.

Todos serán tentados alguna vez por la resignación aunque sean soberbios y altivos.

Hasta los más crueles verterán lágrimas como prendas de culpabilidad por haber sido cómplices del dolor y el daño.

Para todo mortal,  los años seguirán minando la consideración que tuvieron al futuro.

¡Todo lo determina esa transformación que comienza con tan poco y nos acaba sometiendo sin advertencia!.

Un cambio que llega como un perro proscrito de esos que ladra sin asustar ni convencer, uno de esos animales que recelan y no se arriman.

Esta trasformación arruina la herencia de lo que fuimos, pervierte la vida cotidiana con un vano intento de regreso a lo anterior o a la transgresión de un futuro que nos limita a lo poco que acabaremos siendo.

Finales depresivos por la perdida y el olvido o quizás resacosos por el recalcitrante sueño de un futuro que nace en la añoranza del pasado.

Lo peor, es que aún a pesar de ser esta una mínima desgracia, nos pillará siempre allá donde estemos.