domingo, 18 de diciembre de 2016

¿Cual, cual era la claridad?



¡Apagad las luces,
que no despierte el rocío,
que no caiga de la hierba verde,
ni de la rama seca!.

Las luces se revelan ante toda oscuridad
y al final, como alfil victorioso,
recorren infinitas diagonales.
Luz que nos muestra lo que somos,
lo mismo da que seamos sueño.
o reflejo del espejo.

¡Apagad las luces,
que no despierte el rocío,
que no caiga de la hierba verde,
ni de la rama seca!.

Rocío que nace como el suspirar
pero sin la pena por ser de nuevo abatido.
Todo podía ser desilusión, y no lo es.
Existe la certeza de un nuevo rocío.
y esto es lo que está escrito.

El regreso de una escarcha dulce, cada mañana
tejida con saliva de palabras
que derraman una sangre ácida
sobre una derrota garantizada.

Gozo, aliento, sometimiento, penitencia, y fin.

No hay tiempo de curar heridas,
girará de nuevo la rueda;
solo queda gozar de esta luz sigilosa
que con infinita calma descubre el reflejo,
mata el relente y ahoga el suspiro.

Ya solo queda seguir buscando a tientas
la sustancia bajo el plato del perro,
y ofrecer lo único que existe para dar,
rocío, luz y noche.

¡Apagad las luces,
que no despierte el rocío,
que no caiga de la hierba verde,
ni de la rama seca!.



domingo, 11 de diciembre de 2016

El absurdo a veces, es incondicional.


El más allá está, en cierto modo, supeditado a la conciencia que uno tenga y a los pasos que se hayan ido dando, que de alguna manera van dejando marcas en conciencias tanto propias como ajenas.

Hoy sin ir más lejos, me he fijado en la baba que dejo algún bicho y empujado por esta incongruente conducta que desde hace tiempo rige mi vida y sin mas curiosidad que la falta de ocupación, me he dispuesto a seguir ese rastro con la certeza de que tras esa baba encontraría al bicho.

Cada poco me agachaba para comprobar que las pistas seguían siendo las correctas pero al cabo de unos cuatro o cinco metros la marca empezaba a perder entidad siendo bastante menos evidente.

En ese momento, la lógica me dijo que estaba errado en el sentido de la marcha, por lo que decidí dar la vuelta y continuar escrutando meticulosamente la huella pero en sentido contrario.

Estaba inmerso en estas cavilaciones y devaneos cuando observé que alguien contemplaba mis vaivenes, encorvamientos y zozobras. De inmediato decidí poner más interés y empeño en la rastreo, como si se tratara de alguna cosa de mayor envergadura y trascendencia. Sería ridículo que cualquiera creyera que uno andaba por allí tras el rastro de una babosa.

Sin desdeñar mi objetivo, que era alcanzar al bicho, di un par de vueltas tratando de disimular así lo absurdo de mi empeño.
El hombre que me observaba y al que miraba de reojo, mostraba cada vez mayor interés por la situación que en ese momento yo, ya había empezado a interpretar como un engaño.
El hombre, llegó incluso a levantarse y se acercaba examinando el suelo con intensidad e interés similar al mío.
Dicen que el ser humano, tiene entre otras virtudes la de apiadarse de los demás.

Empece a elucubrar, y dentro del absurdo, deduje, que ese sujeto (que por otro lado, tampoco tendría mucho que hacer) vendría dispuesto a arrimar el hombro, para ayudarme a buscar lo que a su parecer estaría perdido.

Definitivamente, se detuvo ante mi y sin que me preguntara nada, le mentí diciendo que se me han caído las llaves del coche.

Había oído que nuestras mentiras revelan de nosotros tanto como nuestras verdades, pero si la verdad y las mentiras vienen a ser lo mismo entonces acababa de convertirme en un gilipollas integral.

Como consecuencia de aquella estúpida mentira, nos encontrábamos dos desconocidos unidos por el objetivo común de una búsqueda sin definición alguna.
El hombre buscaba unas llaves y yo estaba empezando a buscar la dignidad que acababa de perder tras la pista de una babosa que ya nunca sería capaz de encontrar.

Allí estuve durante un tiempo impreciso pero eterno, fingiendo la aflicción de un desastre mientras simulaba una estéril exploración con la esperanza de que el hombre, desistiera en su empeño por encontrar lo que nunca se perdió.

Pasó una señora con dos niñas, una pareja de ancianos y más tarde un chico joven corriendo, todos mostraron, cierto interés en nuestra diligente actividad aunque afortunadamente no llegaron a preguntar. De haberlo hecho, no hubiera tenido más remedio que continuar confirmando mi mentira y no puedo ni imaginar como hubiera acabado aquella disparatada situación.

Finalmente, con disimulo, dejé caer las llaves unos cuantos metros más atrás. Hice grandes aspavientos propios de la alegría que me hubiera producido el hallazgo y agradeciendo a mi improvisado compañero su ayuda, me fui a casa  con la pesadumbre de no haber encontrado la babosa y un pensamiento recurrente que me prevenía de la imposibilidad de justificar este absurdo comportamiento.

Me temo que los dioses ya no tienen tiempo para nosotros.



sábado, 3 de diciembre de 2016

El silencio



Es este rotundo silencio
el que desadormece un sueño
rendido ante el desanimo
de horas inagotables.

Horas marcadas por un mínimo reloj
de retumbar lento como un latido,
al son de todas las nostalgias

Un silencio que penetra en la noche
con el mismo desprecio con que invade un féretro.

La ventana, se muestra aún sin luz,
enmarcando un vacío infinito.

El cálido confort de la cama revuelta,
incita a recuperar ese sueño perdido.
mientras van desfilando
por la pasarela del insomnio
extraños pensamientos
que recitan siempre una cansina oración:

"Morirse tanto tiempo, para al final morirse".


lunes, 28 de noviembre de 2016

La senda del tiempo.



Sigo una senda que transito solo.
Nadie más dejará su huella en esta singular vereda
que comienza donde nació la primera luz
y acaba justo donde los pasos se detienen.

Los dioses no tuvieron tiempo
de concederle la esperanza de otro destino
pero.......

¿Qué mayor esperanza que la de alcanzar
ese páramo originario y definitivo que es la nada?




domingo, 27 de noviembre de 2016

Mi tesoro



Mi mundo encerrado en una urna de cristal,
como en un muestrario transparente
que nada oculta en su interior.

Todo lo que tengo,
incluso lo más privado,
estuvo siempre guardado
en un cofre de pirata
enterrado en ese sitio sin nombre
sin marca en ningún mapa.

Mientras otros lo buscan
no percibo ni su aliento ni sus ojos
y siento en mis entrañas
la consciencia de la soledad absoluta
el irreprimible impulso de seguir cautivo
por el placer y el deseo,
preso también de esta fortuna
que me otorga el olvido,
que borró los malos pasos,
zurciendo las escoceduras
que rasgaron la conciencia,

Si es justo o no, ya no interesa,
tampoco importa el tiempo que pasó
ni el que aún queda.
Lo que fui se ha convertido en nada
y más lejos yo no voy a ir.

La vida me va pasando recibo
de lo que me jugué
que ha sido el más allá. 

La oscuridad de la noche me asusta,
pero sé que siempre amaneció temprano.



martes, 22 de noviembre de 2016

Gilipollas pero feliz.



El tiempo nos va ganando todas las batallas y cada derrota sufrida nos acarrea un mayor abandono y desanimo por el fracaso. Después de unas cuantas derrotas, acabaremos cayendo en el descuido y esta flaqueza solo conduce a dejar de ser lo que se es.
Las derrotas, crean una sensación tan  ingrata, que a lo único que incita, es a dejarse olvidar.

Desgraciadamente un servidor es un hombre demasiadas veces vencido, por eso cada cana que peino es en honor a una batalla perdida con merecimiento.
Bien es cierto, que esto poco importa, ya que uno ha vivido siempre en la inopia y nunca se enteró de la misa la media.
El mejor arma que me queda para afrontar esta lucha, son las palabras. Al menos, es un arma que considero peligrosa.
Lo que se expresa y se piensa es tan arriesgado y expuesto que hay quien dice que sirve para todo, hasta para aplazar la muerte.

Ya sé que debería escribir alguna experiencia curiosa, o algún sentimiento extraordinario o tal vez la rutina de un diario, pero de estas desdichas es mejor no contar nada, cabalmente no merece la pena.

Mejor les cuento que cuando era niño, todo tenía mayores proporciones que ahora, los lugares, los tiempos, las distancias como si desde entonces hasta hoy existiera una irremediable desigualdad.

Recuerdo que pasé toda mi infancia queriendo ser listo, pero no un listo cualquiera, deseaba con tesón y firmeza, ser "el más listo", y aunque puse todo mi empeño en ello, solo pude destacar por tarambana.
En realidad, tuve muy mala suerte, desgraciadamente solo llegué a ser uno de esos atolondrados que quieren hacer las cosas bien pero irremediablemente siempre le salen mal.

Ahora, sin duda por culpa de esa desproporción que hay entre lo que estoy viviendo y lo que aún recuerdo, me conformo con disfrutar de cualquier cosa sin remordimientos ni resquemores, de gozar de todo como un tonto del culo.
Me conformo con lucir cara de tonto dichoso, resultado de vivir en una satisfacción continua.

Realmente, la magnitud de esfuerzos tan tremendos que se necesitan para ser listo, no siéndolo, solo puede llevar a la extenuación y con ella a una rendición incondicional.
Si a esto le añadimos, que la vida y la muerte son fruto de la misma simiente y que en el mundo hay ya demasiados listos (muchos de ellos desgraciados), la  única pretensión alcanzable que me queda es la de ser un gilipollas feliz.



jueves, 17 de noviembre de 2016

Algo cambia..



En los hombres, todos los fundamentos son parecidos incluida la rutina de la pobreza, que siempre lima cualquier ambición, como suele ser su costumbre.

La transformación de un hombre comienza en una parte tan remota e insignificante, que no se aprecia hasta que un día corriente pero inevitable, uno se percata de que el sol  ya no luce de la misma forma.

Por muy arrogantes que sean, un día sabrán que ya están más maduros de lo que quisieran.

Todos serán tentados alguna vez por la resignación aunque sean soberbios y altivos.

Hasta los más crueles verterán lágrimas como prendas de culpabilidad por haber sido cómplices del dolor y el daño.

Para todo mortal,  los años seguirán minando la consideración que tuvieron al futuro.

¡Todo lo determina esa transformación que comienza con tan poco y nos acaba sometiendo sin advertencia!.

Un cambio que llega como un perro proscrito de esos que ladra sin asustar ni convencer, uno de esos animales que recelan y no se arriman.

Esta trasformación arruina la herencia de lo que fuimos, pervierte la vida cotidiana con un vano intento de regreso a lo anterior o a la transgresión de un futuro que nos limita a lo poco que acabaremos siendo.

Finales depresivos por la perdida y el olvido o quizás resacosos por el recalcitrante sueño de un futuro que nace en la añoranza del pasado.

Lo peor, es que aún a pesar de ser esta una mínima desgracia, nos pillará siempre allá donde estemos.








domingo, 13 de noviembre de 2016

Luz fatua




Tristes hombres que atados al mundo
con una imprecisa esperanza
presa en ojos que no ven
que las ilusiones nada garantizan.

Los días desfilan
como sueños vencidos
por la última senda del recuerdo,
de la que solo se regresa
convertido en gota de rocío
sobre arena de desierto.

Pero hay un  lugar 
que nadie conoce,
donde la luz predomina
y las melodías se sienten por dentro.
Los ojos ven lo que quieren ver
y cada segundo se detiene
en un lapsus premonitorio
de su definitivo final.

Un lugar donde nunca
seré capaz de apagar
las luces fatuas de mi memoria.


sábado, 12 de noviembre de 2016

Los pájaros de la cabeza




En estos últimos años he ido cayendo en la cuenta de que cualquier imaginación me parece mejor que la razón, que el deseo me agrada mas que la renuncia y que siempre he justificado mejor el placer que el sufrimiento.
Que solo me quejo de lo amargo que resulta un recuerdo lleno con tantos años de soledad y que le voy echando la culpa de estos delirios a los años que tengo, como si lo que se hubiera cumplido con ellos no fuera otra cosa que el mismo destino.

La vida es lo que es, la mires por donde la mires, aunque al echar a volar la imaginación uno acaba convencido de que es distinta. Me engaño pensando que es más lo que se desea que lo que se tiene, que es más lo que se imagina que lo que se ve, que la felicidad se puede almacenar sin que en realidad se termine en el momento que se disfruta.

Se que alguien me dirá que llenar la cabeza con más pájaros de los necesarios, acaba malbaratando lo poco que pueda quedar de ella.

Lo mejor, tal vez, sea resignarse a ser dueño de esta ración de soledad y abandono que los años van repartiendo y mirar con estos ojos que ya se van encaminado a la ceguera, como poco a poco se deshacen los nudos que nos atan a este mundo.


sábado, 5 de noviembre de 2016

Sin titularidad ni autorización.




Sé que soy un hombre que vive con la única idea de lo que se imagina y no con la certeza de los conocimientos, por eso casi todas mis percepciones, creencias y pensamientos, resultan tan difíciles de explicar.
Trataré de hacerlo pero a la particularidad de la situación, se añade la dificultad en la concreción de los hechos y mi carencia de expresión.

La cuestión es que hoy volviendo a casa he experimentado una sensación rara, como si estuviera en otro lugar pero sin cambiar mi ubicación.
Durante un indeterminado tiempo, de duración tan imprecisa que bien pudiera haber sido tan eterno en su transcurrir como efímero en mi espacio, tuve el presentimiento de que alguien en otro sitio distinto estaba pensando en mi y tiraba de mi desplazándome, no a un lugar concreto, sino a una concepción distinta de la realidad que estaba viviendo en ese instante.
Fue como si el tiempo hubiera patinado entre el sueño y la memoria.

Me ha parecido que quien quiera que fuera me incluyo en uno de sus pensamientos positivos.
Aunque esto lo digo sin ninguna ayuda fiable de la memoria que siempre la tengo contaminada por los sueños, ni de la certeza que conmigo hace tiempo que abandonó su certidumbre.

Digo que el pensamiento que tuvo fue positivo porque durante ese tiempo de arrobamiento y enajenación, he experimentado un estado de felicidad extraño, como una especie de lucidez rara capaz de iluminar esta conciencia que tengo hace tiempo en trance de suspensión.

Me encontré como suspendido sin gravedad en un espacio que no se podía medir porque, como en los sueños, ese espacio carecía de la menor identidad.

Veía una tremenda inmensidad de árboles cubiertos con los enormes colores del otoño. A la vez se podía apreciar una brisa húmeda, cálida y dulce parecida a la caricia que induce al beso.

Ahí certifiqué que la deuda que acumula el tiempo es por el mero hecho de haber transcurrido y gracias a eso, me di cuenta de que esa deuda se adquiere viviendo, aunque con frecuencia, lo que se vive sea mucho más de lo necesario.

También me vi sin propiedad ni renta, ni nada que signifique que en algún sitio pudiera haber algo que fuese mío.

Me he sentido como el traje viejo que vistió en las nupcias y las exequias, festejando con las mismas galas distintas ceremonias.

Vi lo que un día fui y me conmovió la idea de que tal vez, no todo quede perdido por completo.

Al final, pude apreciar la resignación de quien no se avergüenza de apiadarse de si mismo por pedir perdón o por perdonar.

Sin embargo no he conseguido descifrar ni quien pensó en mí, ni cual fue su pensamiento, aunque mucho me temo que solo mi perro Tomás sería capaz de involucrarme en sus reflexiones sin titularidad alguna que lo ampare, ni autorización previa que lo pudiera redimir.


sábado, 29 de octubre de 2016

Déjà Vu


El misterio de vivir algo ya vivido, es algo que me obsesiona; será que por culpa del abandono al que me somete la memoria confundo situaciones que pudieran parecer similares, o tal vez sea simplemente la evidencia propia de haber tenido uno de esos sueños que nunca dieron ni una sola alternativa al recuerdo.
La verdad es que algunas veces me encuentro viviendo escenas que no son la primera vez que aparecen en mi vida, tal vez, debían de estar ya en alguna parte del pasado, aunque fuesen instantes menores, tan efímeros como indeterminados.
Cuando este Déjà Vu sobreviene, me acomodo a pensar de que en algún otro lugar un cuerpo inerte y vencido, no muy distinto al que tengo, está sumido en un sueño lejano. Un sueño de esos que se reiteran como las gotas de lluvia que caen en el mismo charco.

Cuando me doy cuenta de lo que está pasando, vienen a mi, desfilando en procesión, cientos de despropósitos adivinatorios aunque, si bien es cierto, nunca acierto ni siquiera en lo más próximo, por lo que nadie cree que lo que está pasando ya esta vivido. Pero, ¿¿¿Para qué iba yo a engañar a nadie????. Les aseguro, que ser he sido y estar he estado.



domingo, 16 de octubre de 2016

Humo de hielo


No nos conocerá nadie,
los que queremos se van marchando
con la misma proporción que
los que dejaron de volver.
(el futuro no va más allá).

La cruda realidad que nos muestra el espejo, 
junto a la soledad más absoluta 
serán nuestras ultimas compañías.
(Sueños donde es difícil rescatar algún recuerdo). 

El futuro se acorta tanto 
que queda incrustado en nuestra piel
como la roña del enfermo.
Mientras el  frío de la inexistencia,
se va uniendo a todos los deseos,
(que ahora se precisan con necesidad extrema),
y el tiempo, los va echando de nuestra vida
diciendo que ya no tienen dueño.

Así sin más vaticinio, anochece sobre
La línea que separa la tierra del firmamento
y se eleva un humo raro exhalado por el hielo,
que se marcha más allá de lo que
pudiera apreciarse, 
llevándose con él lo que quedó de nosotros.






sábado, 8 de octubre de 2016

Papel couché


En esta que es mi historia, lo suyo sería que yo fuera el protagonista, de otra manera ¿qué sentido tiene la vida?.
Pero desde que descubrí el cine con sus bellas mujeres, sus galanes, y esos héroes de deslumbrante inteligencia, los  reality shows y la prensa amarilla; he dejado de ser el protagonista  de mi propia vida. Me quedo simplemente como un espectador de vidas ajenas.

Por suerte, existen toda clase de personajes y algunos de ellos me interesan  más que yo mismo, incluso, en el mayor arrobamiento del sentimiento, he llegado a quererlos con tal intensidad y fruición que ni siguiera tengo la necesidad de ser correspondido.
Creo que en  mi, la  propiedad de ser humano que me caracteriza ya ha comenzado a morir por indiferencia hacia este futuro que está definido por el tremendo anonimato al que me somete. Un futuro donde nadie sabrá que soy y a nadie le importará este personaje secundario que solo sabe escenificar alguna que otra pena.

Queda plenamente certificado que comparándome con esos héroes soy escoria, metal base. No soy redimible No le sirvo de nada a nadie, carezco de valor.
Demasiado pálido, demasiado frío, demasiado flojo, demasiado asustado.

La belleza de este mundo de papel couché no me quiere.

Lo peor, es que todo esto que escribo podría ser una broma, salvo por el hecho de ya no queda nadie real para verle la gracia.


miércoles, 5 de octubre de 2016

Solo lo esencial.


Si algún día pudiera escoger entre todas las cosas que me dejaron alguna marca, no se extrañe nadie si escogiese primero esta saludable idea de saber que es la vida la que me está matando. Me quedaría también con la felicidad que he sentido después de haber sido infeliz y por supuesto, la inocencia de creer que solo soy culpable de lo que hice y no de todo aquello que dejé por hacer. También me llevaría ese amor que tanto odio y además esta la virtud que poseo de hacer que la suerte siempre me sea esquiva.
Pero sobre todo lo anterior escogería este amanecer de hoy que se presenta retador e insolente, exigiendo implacable el aroma del café recién hecho.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Domingo de Romería, o la tortura voluntaria




Sin prejuicios, fui a mi primera romería apartándome de todo convencionalismo y sin hacer ascos a los 40 grados a la sombra, que en verano caen a saco por estos secarrales.

Estrené el rustico traje de serrano que, para mi desgracia, venía con todos los complementos: Pantalones de pana gorda, camisola de franela y manga larga, pañuelo al cuello, sin escatimar en la faja de seis vueltas bien apretadas, calcetines gordos y por supuesto, la insustituible boina de lana con rabillo.

Tras el impagable esfuerzo de madrugar en domingo, comienza esta jornada cuando todavía no son las ocho con un indescriptible estruendo de dulzainas y tamboriles.
El sonido punzante de la dulzaina y la poca destreza de los músicos empiezan a insinuar la terrible tortura a la que vamos a ser sometidos durante el resto del día.

Los más animosos, aparentemente disfrutan danzando una monótona y repetitiva jota cuyo baile consiste en dar dos pasos para adelante, otro para atrás y después un giro completo. Suelen ser mujeres y no empiezan a beber hasta más tarde. Sus rostros muestran una especie de contractura mística, según me dicen, por el miedo dejar en evidencia la falta de enjundia de tan poco ensayo.
Lo peor, es que una vez metido en la rueda del baile, uno está obligado a completar el recorrido que, a pesar de no ser muy largo, se convierte en el camino al mismísimo infinito.

Los hay menos entusiastas, normalmente hombres, que, sin ninguna gracia, beben vino de las botas. No lo hacen con el afán de calmar su sed, la mayoría bebe para mostrar su destreza a la hora de dirigir el chorro, como si se tratara de un concurso de niños orinando en algún agujero.

Por último, los músicos que deben escogerlos entre las personas con la audición mermada o definitivamente sordas. Estas personas son inmunes al desaliento, inagotables fuelles que soplan una y otra vez la misma melodía convirtiendo en mártires a todos los que los van padeciendo en santa campaña.

Así empezó esa mañana de romería,  vislumbrando con el ánimo compungido, la jornada que nos esperaba y la tremenda elasticidad de la que hacen gala las horas según que situaciones.

Dicen que un clavo, saca otro clavo. Creo que por eso los rocieros recurrían a la extenuación por cansancio o al enajenamiento de la borrachera para sobrellevar con alguna dignidad ese calvario. No se dan cuenta de que solo son penitentes dispuestos a añadir mayor mortificación a las largas horas de ese día de infernal calor, polvo irrespirable, dulzainas estridentes, sebos y pancetas poco saludables y mucho vino barato.

Tengo que admitir que mi único error fue ceder al capricho de otros y participar voluntariamente en tal evento, sin embargo, viendo que mi presencia allí solo podría acarrear males mayores, decidí huir de aquel insufrible castigo antes de ceder a la tentación de matar a algún "soplagaitas" de esos que por allí desfilaban con sus sonrisas impávidas como si disfrutaran de tamaña tortura.

A la hora del Ángelus, en medio de aquella solana, con la boina bien enroscada y mi flamante traje de paleto, me fui, muy despacito y sin hacer ruido, hacia ninguna parte siguiendo las líneas de aquella abrasadora carretera.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Este afanoso vicio de vivir es un sueño inevitable.







Por fortuna los sueños siempre están dentro de uno y no hay nadie que los pueda interpretar mejor.

A pesar del tiempo transcurrido y de que todo haya cambiado, jamás olvidaré la geografía de aquel otoño, que como todo desde entonces comenzaba un 21 de septiembre.

Es cierto que la vida tiene muchos recodos, muchos más de los que cualquier mente calenturienta pueda inventarse. Aquel día 21 de septiembre la suerte, que es algo que no se puede comprar con dinero, llegó por uno de esos derroteros que ni siquiera hoy día puedo contemplar como cierto sin cerciorarme previamente de que no estoy en un sueño y aún así, a pesar de todo, no consigo confiar plenamente en esta certidumbre porque, la adversidad y el infortunio los tenía ya enraizados en mis limitadas expectativas desde la más temprana infancia.

Probablemente esta dicha sobrevenida, sea merito de algún diablillo ya que un servidor tenía por costumbre vender su alma al mejor postor aunque, a sabiendas de su escaso valor,  nunca abusó pactando el precio.

Desde entonces algo cambió mi historia y ya lo único que me planteo seguir soñando con el mismo deleite esta vigilia tan acogedora y confortable,
Sé que cuando se sueña, es cuando más intensamente se vive y a mi esta vez me ha tocado vivir un sueño donde siempre brilla la misma estrella.

Paco Rral

jueves, 15 de septiembre de 2016

Ese miedo que no se puede esconder.





Tengo miedo.
Me tumbo a su lado buscando un consuelo y toco su piel que ahora me parece más suave que nunca y escucho el leve rumor que emite la angustia derramada en esos suspiros que escapan de su freno.

No sé que hacer, no estoy a la altura. Tengo mucho miedo.

Busco palabras para dar algún alivio, algún ánimo, pero me quedo callado. Solo me quedo a su lado y el silencio empieza a hacerme un terrible daño que sufro como sufren los cobardes, sin resistencia.

Nunca estuve a su altura.

Necesito encontrar palabras precisas que enmarquen con la exactitud de un reloj suizo  estos sentimientos que siempre fueron impensables.
Habría que inventar esas palabras capaces de escapar a cualquier razón, palabras que hablaran del dolor del alma, palabras que expresaran lo desvalidos que estamos sin lo que tanto queremos. La insignificancia de una imagen dentro de espejos rotos en mil pedazos.
Palabras para definir el miedo que me rompe las entrañas al mirar esos ojos marcados con las huellas de todas las lagrimas derramadas en la trampa de la soledad.


PacoRral



domingo, 11 de septiembre de 2016

Cuanto vale el último segundo?.






He conocido demasiado bien esta limitación a lo finito que nos impone el reloj, la inquietud y la duda que nos traen los años sin saber si merece la pena vivir esta vida acotada a su capricho. Tiempo capaz de cambiar la fortuna por lo adverso, sin hacer ruido, como una luz cuando se convierte en sombra.

Siempre a merced del tiempo, de ese amasijo de dirección única y sentido incierto.
Sólo somos sombras retenidas. Puntos únicos sin principio, sin final, sin dimensión alguna que nos pueda certificar.

La única venganza posible es reírse de esta existencia porque todo lo que nos afecta, permanecerá solo lo necesario.

Al final no quedará duda de si será el mismo tiempo quien nos haga desaparecer eternamente, a sabiendas de que él es simplemente lo contrario a cualquier eternidad.


miércoles, 31 de agosto de 2016

Para cuando todo se pierda.






Ahora, cada vez que entro en esta casa, lo hago con cierta prevención.
Cierro la puerta despacio, sin hacer ruido para no sobresaltar a esta soledad que como perro fiel me espera.
Antes de adentrarme en el salón, escucho atentamente,  pero sin esperanza, por si quedara un eco de algún susurro, o se oyeran unos pasos furtivos.

Me tumbo en un sillón que se recrea en mis recuerdos.
Extiendo mi brazo en su brazo esperando encontrar caricias donde antes las hubo. Aspiro su aire por si estuviera manchado con ese perfume que tanto me gusta,  y allí tumbado comienzo un entretenimiento que consiste en poner nombres a los lugares que visité, colocar cada hora vivida en su sitio, y cada luna llena en los huecos que fueron dejando las nubes.
Intento que nada se olvide porque perder la memoria, no es más que un ensayo para cuando todo se pierda.

Luego me quedo dormido.


lunes, 4 de julio de 2016

Debilidades del inconsciente.





Vengo barruntando desde hace tiempo, a lo mejor, es esta costumbre de soñar despierto lo que más me perjudica, pero no poseo control alguno sobre estas evasiones del mundo terrenal que normalmente acaecen sin mostrar el más mínimo indicio que me prevenga de ellas.
Estas ausencias nunca son premeditadas, vienen siempre de una manera sibilina y silenciosa. Quedo embelesado o abstraído hasta que alguien repara en mi estado y palmotea a mi lado para devolverme al mundo de la realidad.


Excuso estas debilidades pensando que la culpa es del inconsciente, que me obliga a marchar a ver si encuentro las razones de las que nacen las tristezas o las alegrías.

Estos viajes, suelen comenzar de las maneras más dispares, a veces me voy volando tras la primera mosca que pasa,  otras, me quedo enganchado al segundero del reloj y con él doy mil vueltas dentro de su misma esfera que se convierte en algo tan grande como el mundo; pero generalmente son las ventanas las que aventajan a todos los demás objetos a la hora de proporcionarme ese placer del ensimismamiento.
Me marcho por ellas sin ninguna voluntad de hacerlo. Dejo un cuerpo indolente y flojo a este lado del cristal y me marcho empujado por una especie de vicio o placer similar al del caminante que ve una senda y no puede evitar seguirla. Por eso a esta penitencia que somete mi voluntad a imprecisos deseos la he dado en llamar "ventanismo".

Cuando hago "ventanismo", no visito lugares precisos, me quedo en las bagatelas del tiempo y del recuerdo, aun cuando desde allí reconozco la vida con toda su intención, veo como va por un único camino; y aunque en este estado de arrobamiento, no puedo asegurar que los sentidos perciban señal alguna,  tengo la certeza de que no estoy en ese camino único que traza la vida.
Todo se detiene aunque yo siga morando en mi propia ausencia, en este indefinido estado durante un tiempo que también se dibuja impreciso.

Cuando vuelvo de este alelamiento, siempre me detengo unos instantes en el interior de los cristales, me pregunto cual es el misterio que guarda ese par de milímetros donde se produce la magia de la transformación del mundo real al mundo del ensimismamiento y como un tonto que no sabe responder, simplemente sonrío, igual que cuando era niño sonreía a mi madre cuando me preguntaba por qué había hecho alguna trastada.


sábado, 25 de junio de 2016

¿Cuándo dijiste que vendrías?



Allí estaba definitivamente abandonado, ocultando con pudor la cara tras un ramo de flores que empezaba a justificar el intolerable olvido, o tal vez desprecio, de la bella dama a la que pacientemente esperaba aún a sabiendas de que desde hace tiempo a ella, él ya no le importaba lo suficiente.

El pudor es una forma digna de negociar con el miedo. Como ese polvo depositado con lentitud por el tiempo sobre los fracasos.
Otra vez estaba allí,  en ese transito que no lleva mas que de la nada a la nada, recorriendo esos sinuosos recodos que nos ofrece la vida y que son tan difíciles de justificar.

Así es la vuelta a casa tras la decepción. Cargado con algún ridículo ramo de tristezas o de flores, dispuesto a escuchar una voz metálica al teléfono con otra piadosa excusa, capaz de sustentar de nuevo la razón de mi abandono.
Aunque en el camino, ya  vaya cultivando en esa imaginación más calenturienta la posibilidad de que su  justificación sea redentora y capaz de dejarla libre de toda culpa.




sábado, 21 de mayo de 2016

¿Compartimos un secreto?







Si yo pudiera, te diría este secreto que no se decir.
Te contaría que es lo que esconde  la luna
que cada noche contemplo,
por si me devuelve tus miradas.

Te diría si pudiera, que existen los cuentos
y en los cuentos, aunque sean antiguos,
aún viven las princesas más bellas.
las hadas mas buenas
y los unicornios más blancos.

Diría de alguna manera hermosa,
que me gustaría seguir gozando de todo
como si todo fuera nuevo,
te hablaría de aquello que la edad no fue capaz de diluir,
de la luz que emiten esos ojos,
del asombro que provocan cuando miran a hurtadillas.

Te contaría solo las cosas que amo,
y dejaría todas las lagrimas escritas en poemas.

Resumiría todos los miedos
en uno solo:
Tu ausencia.

Mejor sería si te dijera
del merito que tienen estos sentimientos
sin tiempos ni fronteras,
del momento perfecto de un abrazo sin prisa,
de la suavidad de una caricia,
de esa mañana sin límites
que comienza en la calidez de tus labios.

Si supieras mi secreto,
sabrías que mis mayores glorias
caben todas en tu encuentro.

Sabrías también, por qué todo el tiempo
comienza
y termina
el mismo día.






lunes, 16 de mayo de 2016

Mala hierba.


Flor que nace de la hierba,
abandonada a la soledad,
sin fundamentos de fé,
sin respuestas que nieguen la razón.

flor de hierba,
nadie contará tu historia
nadie verá tu reflejo, marchito,

Vivirás, solo por vivir,
abandonada al desamor,
cosechando días intrascendentes
llenos de horas vacías.

Otra broma pesada,

igual que poesía estéril
escrita en tierra húmeda,
flor de mala hierba,
tu bella arrogancia es inútil.










miércoles, 11 de mayo de 2016

Azul



Hoy he decidido que es lo que más me gustaría ser en caso de existir una reencarnación o algo parecido.
Siempre buscaba entre los animales, en principio, solo entre los salvajes descartando los domésticos, porque son menos exóticos.
Inicialmente escogí el león por ser el fiero rey de la selva pero al final lo descarté porque, bien pensado, no me gustan los reyes y además están a punto de extinguirse,  luego me interesé por otros cuantos pero todos los fui descartando, unos por tamaño, otros por hábitat o incluso por el lugar que ocupaban en la cadena alimenticia. Así fui pasando por casi todos los animales y bichos que conozco hasta llegar a la hormiga que al final también fue descartada por ese trajín incesante que las caracteriza, además de ser unos bichos que me recuerdan a los militares, siempre tan disciplinadas, marciales y combativas.

La reencarnación más adecuada para un ser mediocre y limitado, tal vez sería convertirse en planta, concretando un poco más, en árbol. Estos son seres vivos sin ninguna necesidad de pensar ni moverse demasiado,  con la única condición inapelable de  nacer y morir en el mismo lugar, sin mas quehacer que contemplar como sale y se pone el sol.
Sin embargo, esa opción tampoco me convenció demasiado. Me daba algo de aprensión tener las ramas llenas de hormigas desfilando para arriba y para abajo, hurgando todo el santo día por mis entresijos. 
Descartados los seres vivos me fijé en los inertes. Los más grandes como las montañas y los ríos, me parecían demasiado pretenciosos, para una condición de ser humano sin merito alguno. Como mucho me convertiría en piedra, pero piedra de monte de esas que no son útiles para nada. Una piedra áspera, que no sea rara, no vaya a ser que a alguien se le ocurra hacer conmigo un de pisapapeles, ni bonita, no sea que me conviertan en llavero, o se apropie de mi algún mortal despiadado guardándome en un bolsillo para agarrarse a ella como herramienta de superstición.
Por cierto, ¿y si las dos piedras que desde hace años me acompañan fueran almas reencarnadas?.  No, definitivamente no me gustaría ser una piedra e imaginar una existencia tan manoseada como la de mis dos piedras negras
.
Por fin hoy, he encontrado algo en lo que me gustaría convertirme, no habrá hormigas que me perturben, ni trabajos que me agobien, o manoseos que me abrumen.
Me gustaría convertirme en color azul, Azul intenso o pálido, con cualquier variedad cromática me conformo, Celeste, añil, violáceo, morado...., no tengo mayores pretensiones que aparecer y desaparecer por si alguien me contempla y si no hay nadie que contemple me dará lo mismo seré un azul invisible, al fin y al cabo, ser invisible es el principal atributo de los que nunca fueron nadie.



sábado, 23 de abril de 2016

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.



Habrá tiempo, mucho tiempo,
todo el tiempo,
para aprender estas palabras
que solo pensaste encontrar
al final de los cuentos.

Erase una vez una duda malvada,
que se elevaba como pájaro torpe
haciendo enorme estrépito al batir sus alas.
Una duda persistente y agorera
que viajaba con la desazón y el miedo.

Tomando café, un día cualquiera,
se puede ver venir su negra sombra,
(mal sitio para ocultar la resignación
si esta se envilece por el miedo).

No queda otra- dirá la sospecha-
más que certificar que los malos diagnósticos,
tarde o temprano, acaban llegando,
(aunque sea decorados con  lazos
del color de la esperanza).

Aún así, todavía habrá una  última ventana
por donde mirar para ver el más allá.
Un último espejo que aún te descubrirá,
y algún cuento póstumo,
escrito con pecados sin perdonar.

Ya vendrán después,
desde ese infinito valle del olvido,
las luces que un día te iluminaron,
el calor que dejaste perdido
y ese vacío que antes llenabas.



domingo, 10 de abril de 2016

Desde adentro.






Hay otro que también vive en mi.

Un invasor, o mi otro yo exiliado,
un otro al que temo e ignoro,
ese otro que está solo siempre que yo estoy solo.
Ángel, demonio o ambos.
Una sombra que crece en mis adentros,
uno que responde a mis preguntas
pesimista y  melancólico.


Ese otro, también te ama.




viernes, 1 de abril de 2016

El daño de las palabras







Tus cartas están afiladas por palabras 
duras como puñales,
donde toda Posibilidad, 
desaparece como perro asustado,
por sendas jamás soñadas.

Cartas, una y otra vez
marcadas con el desafío
de no saber donde ir.

Cartas que me recuerdan cada día,
que es mal asunto
andar moviendo maletas vacías.




lunes, 21 de marzo de 2016

Sinfonías incompletas.



Notas perdidas de alguna sinfonía incompleta,
luces que un día salimos a buscar,
jardines donde ya no pasaremos noches de luna
con damas de intangible presencia.

Palabras envueltas en papeles de seda
que igual que cadenas nos atan al suelo de los mortales
hasta llegar al eslabón perdido del amor
que más nos ata.

Calles que creemos conocer
y nos llevan más allá de pasadas fragancias
y cualesquiera que sean esas casas a las que regresamos
donde siempre llegamos demasiado tarde para ser reconocidos,
como en el viejo espejo en que nos reflejemos
ya no nos vemos hasta que le damos la espalda.

Llegamos a esas encrucijadas del olvido
buscando las notas del recuerdo
que pertenecen a esa sinfonía incompleta,
hasta que el polvo cubre las huellas del camino
hasta que la sombra de los días se ha ido
y la esperanza de encontrar el paraíso
se esconda en el propio olvido.

La noche no traerá más misterio,
la soledad se precipitará por el abismo
de no se sabe donde
y aparece la tristeza con su frío
cuando la nada crece en las macetas,
y se esconde en los rincones.


sábado, 19 de marzo de 2016

Mi primer pecado


Dicen que la maldad se cobija en el refugio de la taberna, y hoy este viejo bar alemán donde me he refugiado de esta fría y tediosa tarde, la maldad ha venido a mí en forma de recuerdo.
La barra de madera pulida a base de balletazos, la estantería repleta de botellas algunas aún sin estrenar y otras medio vacías, todas botellas viejas, sucias por el polvo y la mugre,  pero no antiguas. Despertaron sensaciones muy similares a las que sentía cuando era niño y entraba a la taberna de mi pueblo, en la que desde bien pequeño mi abuelo solía convidarme a "un tintogas" en cuanto me veía. 

Al entrar en ese bar, el olor a alcohol rancio y a humo antiguo evocaron la atmósfera que se respiraba en esa taberna de mi pequeño pueblo. La oscuridad en la que se sumía el local,  me indujo a imaginar en aquel páramo de soledad alemán, el bullicio y las voces que daban los hombres jugando la partida en mi pequeño pueblo. Fuera de la luz del local, no sé que endebles nexos de conexión se crearon en mi recuerdo pero inconscientemente me trasladé a otro tiempo al acordarme de un primo con el que compartí algunas vivencias de mi infancia. 
La precoz calva del camarero o simplemente el gesto de agrado que expresaba su rostro al degustar la bebida hicieron que los recuerdos se apelotonaran ,haciendo explotar el presente transformando mi estancia frente a la barra de ese bar, en un viaje remoto en la distancia y en el tiempo.

La ley del recuerdo dice que tanto el tiempo como nosotros estamos hechos de instantes fugitivos excepto algunos que quedan marcados a fuego en la memoria, como este instante que ahora revivo, ocurrido en esa distancia tan antigua que es la infancia junto a este primo que ha sido evocado por el calvo de la barra.

Mi primo solo me saca unos meses, aunque por la inclemente vida que se llevaba entonces en los pueblos, aparentaba ser bastante más mayor, por aquella época andaría rondando los diez o tal vez once años,
A mí, que solo venía de vacaciones al pueblo, me apreciaba en su justa medida. Tenía que cargar conmigo a todas horas y llevarme todas partes con él, daba igual que fuese a las vacas, a buscar nidos, pescar o cuando se juntaba con sus amigos a echar un cigarro detrás de los viejos muros de pizarra que tapaban los huertos.

En aquellos tiempos, los chicos empezaban a fumar pronto y en uno de esos momentos de vicio, para evitar que me chivara, me obligaron a compartir su cancerígeno pecado exigiendo que diera unas caladas de ese cigarro que se estaban fumando con tanta devoción y  compartir aquella culpa por la que nos escondíamos.
El  primer cigarro (peninsulares se llamaba)  no fue suficiente para generar la confianza necesaria. Se percataron de que no me había tragado el humo, encendieron otro que me ofrecieron alentándome para que como los hombres fumara de verdad y hasta adentro.
Bien es cierto, que no pensaba defraudarles a la hora de mostrar mi lealtad y mi hombría. A esos años, las emociones están poco definidas o si se prefiere son contradictorias, donde no había una conciencia cabal y tampoco se buscaban justificaciones. 
Hice un gran esfuerzo para que el humo se metiera en mis pulmones todavía vírgenes, lo que provocó una repentina nausea y un ataque de tos que me hizo quedar como un flojo y se desataron las risas de esos muchachos que ya habían dejado de toser hace bastante tiempo.
A pesar del mal rato que pasé, el pacto aquel día, quedó sellado.


Mi primer castigo

Ahora, busco y siento el paquete de tabaco en el interior de la chaqueta, instintivamente toco el bolsillo del pantalón y descubro ahí el mechero. Salgo a la calle y me enciendo un cigarro, echo una primera bocanada de un humo espeso que se va disolviendo en el cielo alemán. gris, sucio, sin matices. Miro el humo que exhalo y me pregunto si ese humo se estará llevando los recuerdos de mi primer cigarro. La memoria se dispersa, como el humo, pero hay chispas que nunca llegan a extinguirse del todo cuando prenden son imposibles de apagar.


En el mismo instante en que entré por la puerta de casa de mis abuelos, mi madre, no sé cómo, supo que había fumado, se acercó y prácticamente me metió la nariz en la boca.
Sin perder un instante empezó a llamar a voces a mi padre diciendo: "Paco, mira a ver que este tonto ha fumado".
Mi padre (que también fumaba) enseguida supo lo que hacer.
Me miró detenidamente sin decir nada, como meditando la decisión a tomar. No sé de donde, sacó un puro de alguna boda antigua, un puro que seguramente tenía reservado para alguna ocasión especial y esta, sin duda que lo era. Me lo puso en la boca y arrimando el mechero para que lo encendiera decía: -Chupa.
-Vamos, chupa, que todavía te queda un rato-, decía cuando veía en mi algún desanimo.

Mientras estaba sentado con el puro en la boca dando tremendas arcadas, mi padre parecía disfrutar satisfecho. Riéndose me decía: Después si quieres, te fumas otro.

Mi madre, mientras tanto, iba y venía despotricando del pueblo y de esas mentes estrechas e indocumentadas que vivían allí. En cierta manera me exculpaba haciendo recaer la culpa en mi primo que para ella no era más que un garrulo, un bestia como todos los del pueblo.

Un tiempo inacabable el que permanecí sentado en la cocina pidiendo clemencia frente a una lumbre donde los troncos se quemaban más aprisa que ese interminable puro. Creo que desde ese día no he sido capaz de fumar ninguno más.

Lógicamente mi primo también fue castigado, pero lo suyo no fue un castigo merecido, por llamarlo de alguna manera podríamos decir que fue un castigo solidario. 
Su penitencia se pensó con la naturalidad que dan las cosas simples, fue un castigo de poca monta, más bien amistoso. En el pueblo tanto fumar como beber eran virtudes que estaban unidas al género masculino.
Mi abuelo, según el explicaba, no entendía que a mi primo le castigaran por mi culpa, porque fue a mi y no a él al que pillaron. 
Nos dijo que según su experiencia, el dolor y el escarnio  son siempre más generosos que la dicha, que las cosas malas perduran y se reparten con mucha mayor prodigalidad y que no se sabe cuál es la desgracia que iguala a algunas personas para hacerlas herederas de la mala suerte.
Él siempre hablaba imprimiendo mucho misterio a todo lo que decía  y  aunque en la mayoría de las ocasiones no le llegaba a entender, ese día supe que lo que decía tenía cierto fundamento.


En el pueblo siempre se hacían las cosas de otra manera, todo se hablaba y meditaba y previamente, así que por la tarde sentados delante de la lumbre con mi abuelo, mis padres y mis tíos decidieron que para expiar las culpas tendríamos que hacer alguna cosa de provecho, que no se olvidara, que sirviera de ejemplo y si fuera posible nos hiciera participes de alguna virtud donde aprender algo. Sin embargo,  yo estaba firmemente convencido que lo que pasaba es que mi tío no tenía puros o que no los quería malgastar con mi primo. 

Mi tío era un hombre que no presumía de ser inquilino del santoral, dispuso que lo mejor sería buscar alguna ocupación para los domingos que eran días de más hastío porque no se trabajaba. Lo más sensato para él sería encontrarnos una ocupación aunque fuera en algún sitio al que tuviésemos que ir de buena fe. 

Hablaron con el cura para que dispusiera de nosotros los domingos al completo y a sugerencia del cura, también el resto de la semana para los Rosarios, Vísperas y Horas Santas  que se celebraban a diario después de las seis de la tarde.

El cura, que en aquella época era Don Julián, se propuso enredarnos todo lo que se pudiera, bien fuera ayudar en la misa como monaguillos, tocar las campanas llamando a los oficios, limpiar la iglesia, o incluso a deshoras, acompañarle a hacer algún servicio religioso que en aquella época no eran muchos, de vez en cuando alguna extremaunción y poco más.



Mi primer disfraz.

Y ahora me saca de mis pensamientos el camarero que me pregunta algo en perfecto alemán que no entiendo, en cualquier caso y a sabiendas de que mis conversaciones con los camareros son siempre las mismas, le pido aine Dunkel Waissen que es casi lo único que se decir en alemán.
El bar sigue tan vacío como antes de mi embelesamiento. La simetría de algunos lugares subsiste  por la desolación de lo que el tiempo ha despojado, desolación que a veces se parece demasiado al desconsuelo. Nadie ha entrado y tampoco nadie ha salido ni del bar, ni de este recuerdo que ahora me entretiene.

El calvo que se parece a mi primo sigue en su sitio y ahora, me mira con cierto interés, debe ser porque he dejado la mirada perdida en su dirección mientras rememoraba esos tiempos que justamente él me trajo a la cabeza.
No tengo una noción certera del tiempo que llevo aquí,  pero si el tiempo es relativo a más de uno este rato le habrá parecido una eternidad. La eternidad es lo que menos me interesa, solo a los espíritus pusilánimes y gregarios les puede interesar un coñazo tan largo.

El primer día como monaguillo no fue tan malo. Todo se hizo de manera muy solemne a pesar de que los rituales no se cumplieron totalmente.
Tuvimos que hacer una especie de examen y a a todo lo que nos preguntaba el cura teníamos que empezar respondiendo "introibo ad altare Dei". Por supuesto que no sabía lo que significaba pero eso es lo que teníamos que decir antes de contestar, como si ese particular dicho en latín diera la ambigüedad suficiente a cualquier respuesta para convertirla en correcta.
Don Julián nos decía que el trabajo de monaguillo no era cualquier cosa, primero tendríamos que comprometer nuestra Fe para servir en los servicios de la iglesia. Nos trajo unos hábitos que un día fueron blancos y olían a polvo de armario a olvido y a naftalina y unos ropones, que era otro tipo de hábito más basto de color pardo que él decía que era para utilizar fuera de la iglesia, en procesiones, viáticos y cosas así.

Nos pusimos aquello a la vez que el cura nos felicitaba diciendo que ese ejemplar oficio de monaguillo, formaría parte de nuestra experiencia y nos pidió que a partir de ahora y ayudados por el fervor y la responsabilidad de cargar con aquellos hábitos y ropones, continuáramos siempre por el camino correcto.
- Dios hizo al hombre menguado de entendimiento y corto de habilidad si con los animales lo comparamos.- nos decía- vosotros desde hoy estáis santificados con estos hábitos lo que os diferencia tanto de la mayoría de los hombres, como de los animales.

Ese pequeño sermón hizo que me sintiera orgulloso portando aquel atuendo y aquel terrible olor al que nunca acabaría de acostumbrarme.

Mi abuelo que había venido a acompañarnos, se quedó sentado en uno de los primeros bancos de la iglesia hasta que por fin salimos de la sacristía. No nos dijo nada pero ya de camino a casa le oí comentar entre dientes: La mayor desgracia es este limbo en el que viven los inocentes. ¡Cuánto más vale un santo pendón que un tonto santificado!
Entonces, como solía pasar, tampoco entendí bien aquella soflama viniendo de un hombre que por aquel entonces era mayordomo de la virgen.



Llegado el Domingo, la misa se celebraba a las doce así que a las once ya estábamos en la iglesia con nuestros hábitos de monaguillo puestos, haciendo lo que nos iba mandando el cura, encender cirios a la entrada del presbítero, colocar con sumo cuidado y en su orden correspondiente, los tres manteles de lino que cubrían el altar. El crucifijo colocado exactamente en el centro del mismo y los cuatro candelabros con perfecta simetría, las sacras, el atril, y lo más importante para nosotros, la mesita que el cura llamaba credencia, Allí se había que poner todo lo que necesitaríamos para la celebración, las vinajeras, la campanilla, el manutergio, el platillo de comunión, una palmatoria con su cirio, el famoso Copón, el pabellón de seda para cubrirlo, las cerillas de encender los cirios y las cestas de pedir.
El  cura nos dio las últimas instrucciones haciendo hincapié la la hora de pasar el cepillo agitándolo bien para que sonara y que fijándonos en quien echaba y quien no.

Subí al campanario para hacer sonar por primera vez las campanas,  Desde allí arriba se veía el pueblo apiñado bajo la iglesia, con sus callejuelas estrechas, sus tejados rojos ennegrecidos por el de musgo y el hollín con esas chimeneas enormes siempre humeando con desigual interés. Las paredes negras de pizarra, parecían enmarcar diminutas ventanas blanqueadas con cal. Algún perro ladraba molesto por el repique de la campana. A la gente se la adivinaba dentro de las casas vistiéndose de domingo pacientemente, quizás incluso recreándose en la desgana, lustrando los zapatos los hombres y las mujeres recogiéndose el pelo en moños de firmeza inmaculada buscando algunos pendientes más vistoso y engalanando su mejor saya. Es cierto que me sentí importante tirando de aquella maroma llamando a misa desde lo alto de ese campanario donde yo era el único solista al son del que todo bailaba.



Mi primera vocación



Ahora desde la lejanía del tiempo, se queda uno pensando en lo que este tránsito de vivir acaba dando de sí, lo que antes era mucho, ahora es nada lo mismo que sucederá con lo que ahora en nuestra vida pueda significar algo que seguramente, mañana quedará en casi nada, pero que sería vivir sin ese trasiego que procura el viaje. Tal vez por eso sigo enamorándome de los caminos a pesar de que en ellos resida mi mayor tragedia.

De la nada a la nada, cuando pienso esto me recorre un extraño escalofrío al ver todo el tiempo malgastado en preocupaciones y desvelos que solo sirvieron para añadir arrugas y canas. 
Viviríamos de otra manera si supiéramos que la mayoría del tiempo uno permanece estático y desconocido, como si fuera un figurante en la difusa vida de otros figurantes.

La cerveza acaba de llegar. Inconscientemente me fijo en su espuma y me doy cuenta que era del mismo color blanco amarillento del hábito que Don Julián me ofreció el primer día en la sacristía de la iglesia y la cerveza también tiene el mismo color pardusco de los ropones.
Que misterio es el que hilvana aquellas vivencias con este tiempo cosas tan dispares como unas ropas de monaguillo y una cerveza alemana.

Veo como todas las burbujas van a morir siempre a la espuma y pienso que todo lo vivido como una burbuja, queda  relativizado y pulido por el tiempo, la espuma, sin otra particularidad que la de la transformación de aquellas inquietudes y angustias en un inocuo y rancio recuerdo tan cómico como intrascendente.
De la nada, a la nada. Morirse tanto, para al final morirse.

Al bajar del campanario me encontré con mi peor pesadilla, Pitin y Cesar los dos pastores de los cojos que tenían como mote "los bichos", eran los chavales más malos del pueblo. 
Eran dos o tres años más mayores que yo pero según decía mi abuelo, estaban encanijados por la maldad que tenían dentro, que no los había dejado crecer. Eran hermanos, hijos de una de las familias más pobres del pueblo, no fueron a la escuela, todo lo que sabían lo habían aprendido del campo y de las ovejas, por eso tiraban las piedras como nadie y sus silbidos se oían por encima de cualquier esquila.
Fumaban sin esconderse  y a los chicos del pueblo no les inspiraban demasiada confianza y en mi caso sentía pánico cada vez que me los cruzaba. Normalmente acabábamos a pedradas simplemente porque a ellos les divertía ver como corría “el de la capital”.

Aquel día sin que yo me lo esperara, aparecieron tras la pared del campanario, empecé a correr, pero como le sucede al pájaro medroso, en mi huida escogí la rama menos apropiada, enseguida me engancharon. 
Me sujetaban  por el hábito y empezaron con insultos de poca monta mientras me sacudían algunos pescozones esperando alguna reacción por mi parte para aplicarse entonces con golpes más contundentes.
Justo a tiempo, sonó la imperiosa voz de D. Julián:
-Venid, pasad aquí, malos cristianos, bien se os ve que sois pecadores acreditados. Seguro necesitaréis vaciar esa conciencia tan negra. Ya deberíais saber que toda la vergüenza hay que sentirla antes de los malos actos.

Suspiré aliviado y entre corriendo a la sacristía donde estaba mi primo preparando los manteles y demás achiperres para la misa. Nos asomamos temerosos de ser vistos por la puerta de la sacristía  a ver que pasaba.
En el primer confesionario, los tenía D. Julian,  arrodillados mientras los cogía de las orejas y con voz solemne de contundencia inusitada les decía:
“Esos granos no engañan, vais a limpiar la conciencia”.
La profundidad de su voz se empezó a transformar en violencia hasta que la voz del cura tronó airada:
-Ese vicio nefando, ese y no otro, es el que llena de inmundicia y sarpullidos, no lo hay peor.
El cura se levantó y con las dos manos en sendas orejas de los muchachos, los obligó a santiguarse mientras tiraba de ellas hacia arriba hasta que quedaron los dos en puntillas.

-Así los quiere Dios –gritaba- dándole un buen tortazo a cada uno y quitaros de ese vicio porque se os va a envenenar la sangre y pudrir la piel como a leprosos.

Nunca había visto a nadie soltar un tortazo con tanta solvencia y maestría. Tan elocuente liturgia, despertó en mis deseos de hacerme clérigo aunque solo fuera para repartir guantazos como aquellos. 

Como decía, pasé algún tiempo pensando en los seminarios, en los curas, en la buena conciencia y la salvación de las almas perdidas. Quería hacer méritos para llevar una vida ejemplar sin más castigos, procurando además de mantenerme alejado del pecado, salvar del diablo a todo pecador.

Una de esas tardes aburridas al terminar el cansino rosario donde teníamos asistencia obligatoria por la prerrogativa del castigo, decidimos hacer algo que agradaría al párroco, a dios a la virgen y a toda la corte celestial.

Llenamos una botella con agua bendita, cogimos el Copón con las hostias consagradas y con el hábito puesto y una inquebrantable determinación, salimos de la iglesia, dispuestos a abrirles las puertas del paraíso a cuanto inocente nos encontrásemos. La propuesta era tan sencilla como administrar bautismo y comunión a todo perro, gato, gallina, o cualquier otra clase de animal o bicho que se cruzase en nuestro camino.

El primero en recibir los sanos sacramentos fue Cícero, el perro de mi abuelo, la comunión le supo a poco y sin solemnidad ninguna nos acompañó el resto de la tarde insistiendo tozudamente para comulgar alguna vez más.

Continuamos bautizando y dando comuniones a todos los perros que nos íbamos encontrando. Llegamos a tener diez o doce chuchos siguiéndonos por todo el pueblo, en un momento llegué a pensar que bien podría ser nuestros apóstoles. 
Mi primo, que no le echaba tanta imaginación, insistía en echarlos porque, según él decía, los gatos también tenían derecho a la salvación y con tanto chucho alrededor, difícil iba a ser que se nos arrimara alguno.
Santificamos un par de burros, otras tres o cuatro vacas y un montón de gallinas, aunque estas últimas no tengo la absoluta certeza de que la comunión quedara plenamente legalizada ya que no se dejaban bautizar con la liturgia debida y nos limitamos a utilizar la botella como si de un hisopo se tratara y mientras la sacudíamos esparciendo el agua bendita a diestro y siniestro, decíamos las palabras sagradas "yo te bautizo en el nombre del padre del hijo y del espíritu santo".
Suena un móvil que me saca de mi letargo, no es el mío, es el teléfono del camarero calvo que inmediatamente contesta con gran estrépito. 
Como ve que le miro y que ya he salido del ensimismamiento aprovecha para preguntarme si quiero otra cerveza.
Al mirar por la ventana veo que ha dejado de llover pero ya está oscureciendo.

Cuando empezaba a oscurecer y de camino a la iglesia nos encontramos con un par de viejas que de forma muy reverente se persignaron al pasar  a nuestro lado. En aquel momento, interpreté que lo hacían en señal de respeto a nuestro nuevo estatus de monaguillo, una muestra de reconocimiento y consideración.
Aún seguían con nosotros unos cuantos perros que como escoltas nos acompañaban sin apartar la mirada del Santo Copón.

Poco antes de llegar a la iglesia en la puerta de la taberna de la mezquita encontramos a D. Julián charlando de forma jovial y animosa con un grupo de hombres. 

Con la precipitación que requieren las buenas noticias, convencidos de que nuestro acto de evangelización sería poco menos que un mérito a tener en cuenta en caso de que algún día se propusiera nuestra beatificación, con esa excitación que suscita en el niño la previsible recompensa, nos apresuramos a enseñarle el Copón casi vacío mientras le decía:
-Padre, mañana consagramos más Formas que ya casi las hemos terminado
Nada más acabar de decir esto, me di cuenta que los perros recelosos y prevenidos se mantenían a una distancia más que prudente. Mi primo que era más listo que yo, se había quedado con los perros cuando volví a mirar a D. Julián me cruzó la cara con un guantazo que hizo saltar el santo Copón de mis manos.
Cuando cayó al suelo sonó a lata mala y las pocas Hostias que había dentro se quedaron por allí desparramadas.
Oía un pitido terrible y sentí un abrasador picor que abarcaba en su totalidad mi mejilla izquierda.
Creo que me estaba levantando del suelo sin saber muy bien que había pasado cuando vi a mi primo con todos los perros corriendo como alma que se lleva el diablo. Supe en ese momento que yo no estaba hecho para la sublimación. 

Más laureles y nuevo reconocimiento estaban a punto de llegar en forma de segundo guantazo cuando me acordé de otra lapidaria frase que decía mi abuelo acerca de las huídas “Es más difícil vivir que correr”.


No sé cuántos días tuve la marca de la mano de D. Julian en la mejilla, lo que sí sé con certeza es que aún hoy día me pita el oído al oír su nombre e instintivamente me llevo la mano a la cara para reprimir el escozor que produce ese recuerdo. Desde ese día no volví a pisar la iglesia del pueblo, y gracias a las sabias palabras de mi abuelo acabé haciéndome corredor de gran fondo.